Mostrando entradas con la etiqueta Fogwill. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fogwill. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de julio de 2012

Llamado por los malos poetas

Cuando el escritor argentino Fogwill escribió el poema del que a continuación vienen algunos fragmentos, seguramente pensaba en su país. Pero imaginemos por un momento que pensó en H, en los poetas de H, la gran mayoría tan malos, sobre todo los de estos últimos tiempos, que creen que poesía es ponerse una máscara antigas y leer entre el humo, vestirse a la inversa e invocar, con insistente griterío, lo mismo que invocan las portadas de los diarios nacionales cada día. La mayoría de los actuales poetas de H (aunque quizá del mundo entero) concibe la poesía como ese espacio ideal en donde todos han de abrazarse solidariamente y que luego, agarraditos de la mano, recorren haciendo escalas de festival en festival para leerse sus versitos y felicitarse mutuamente. Pero ya dejo la paja y mejor les dejo el poema, que pueden leer completo aquí:

Se necesitan malos poetas.
Buenas personas, pero poetas
malos. Dos, cien, mil malos poetas
se necesitan más para que estallen
las diez mil flores del poema.

Que en ellos viva la poesía,
la innecesaria, la fútil, la sutil
poesía imprescindible. O la
inversa: la poesía necesaria,
la prescindible para vivir.

...faltan los poetas,
los mil, los diez mil malos, cada uno
armado con su libro de mierda. Faltan,
sus ensayitos y sus novela en preparación.

Se necesitan poetas gay, poetas
lesbianas, poetas
consagrados a la cuestión del género,
poetas que canten al hambre, al hombre,
al nombre de su barrio, al arte y a la industria,
a la estabilidad de las instituciones,
a la mancha de ozono, al agujero
de la revolución, al tajo agrio
de las mujeres, al latido
inaudible del pentium y a la guerra
entendida como continuidad de la política,
del comercio,
del ocio de escribir.

Se necesitan Betos, Titos, Carlos
que escriban poemas. Alejandras y Marthas
que escriban. Nombres para poetas,
anagramas, seudónimos y contraseñas
para el chat room del verso se necesitan.

lunes, 4 de octubre de 2010

Los Cuentos completos de Fogwill


Portada del libro, editado por Alfaguara.
Siempre preciso en sus reseñas, Rafael Lemus nos habla ahora de los cuentos de Fogwill en Letras Libres:
Téngase en cuenta este nombre, Fogwill, antes de apresurarse y decretar la defunción de las literaturas nacionales. Téngase en cuenta la obra de este escritor, novelas y cuentos y un puñado de ensayos, cuando se esté a punto de afirmar que ya no hay fronteras y que ya nada nos es ajeno. Porque resulta que Fogwill (Buenos Aires, 1941) es, como Marcelo Mellado en Chile, como David Toscana en México, como tantos otros autores en tantos otros países, un escritor esencialmente nacional –un argentino para argentinos.

No es que los escenarios y las referencias de sus ficciones sean locales –así se arma casi toda narrativa. No es tampoco que su escritura esté contaminada de habla –en este caso, de estilizada jerga porteña. Es sencillamente que este hombre escribe desde Argentina para debatir y afectar la –ya de por sí autorreferencial– literatura de Argentina. Basta con notar la manera en que cita o parodia el canon local, o la frecuencia con que participa en controversias tribales, o los escándalos que él mismo genera al interior del circuito literario bonaerense, para entender que no es a nosotros a quienes mira.

El Fogwill que alcanza a llegar hasta México es, previsiblemente, menos polémico y, desafortunadamente, bastante escaso. Sus libros circulan apenas y apenas si son discutidos y reseñados. Aun su novela más célebre, Los pichiciegos (1983), faltaba en los estantes de las librerías mexicanas hasta hace unas cuantas semanas, cuando Periférica, que reeditó la obra, mandó algunos ejemplares a esta orilla. Ahora también puede encontrarse –o tal vez no– este volumen: todos los cuentos que ha escrito Fogwill salvo los cinco o seis que él mismo descartó. En total: veintiún relatos –algunos de ellos casi nouvelles– publicados entre 1974 y 2007.

La pregunta es: ¿cómo leerlos?, ¿de qué manera enfrentarse a unos cuentos que evidentemente no fueron escritos para uno? Inútil buscar asistencia en el nimio prólogo de Elvio E. Gandolfo o en la esquiva nota preliminar del propio Fogwill: no ofrecen coordenadas, estamos a solas. Inútil, también, buscar asidero en la cronología: los cuentos se presentan sin orden temporal, obedecen la arbitraria secuencia que Fogwill quiso imponerles. Solo hay textos, veintiuno, y es difícil hallar un estilo, una estrategia, que los articule. Hay relatos con suspenso y sin suspenso, políticos o amorosos, metaliterarios o realistas. Hay lo mismo misterios marítimos (“El japonés”) que brutales alusiones a la guerra de las Malvinas (“Los pasajeros del tren de la noche”) y hasta una divertida parodia de El extranjero de Camus (“Sobre el arte de la novela”). Hay un puñado de cuentos maestros (los dos últimos más “Muchacha Punk”, “Help a él” y “Otra muerte del arte”) y hay, para ser sinceros, dos o tres narraciones bastante tortuosas.

Es tanta la oferta que uno podría llegar a pensar: este hombre es uno de esos narradores, más o menos convencionales, que sacrifican todo –estilo, poética, visión del mundo– en aras de la trama; otro cuentacuentos cuya única justificación es el tópico placer de narrar. Sin embargo, es cosa de mirar con detenimiento para notar que estos relatos, al revés de los de los narradores-artesanos, no funcionan como deberían. En vez de salir disparados hacia la meta, se demoran en el camino –su ritmo es lento e inestable, la prosa bulle y zigzaguea, el narrador arrastra ideas y manías a lo largo de las páginas. En lugar de optar por la elegancia y la ligereza, no temen ensuciarse, ni ser opacos, ni extenderse y engordar. De hecho, uno tiene la impresión de que los mejores de estos cuentos pesan y ocupan espacio –significan.

¿Que por qué pesan? Tal vez, en parte, por su densidad intelectual. Es cierto que uno nunca diría que Fogwill es un teórico o un filósofo. Es verdad, también, que dentro de la literatura argentina él pasa por ser uno de los narradores menos intelectuales –más cercano, por ejemplo, a Arlt y Puig que a Borges y Saer y Piglia. Pero ya se sabe que no se puede ser un narrador de veras argentino sin ser un narrador inteligente y Fogwill es de veras listo. Tan listo que su obra es una prueba –otra más– de que se puede narrar y pensar la narrativa al mismo tiempo. El mejor Fogwill es, en este sentido, dos Fogwills: un narrador nato, capaz de pasajes dramáticos muy potentes, y un curioso crítico que extiende y extiende el relato con el propósito de habitarlo e investigarlo durante el mayor tiempo posible. Este recurso, desplegar y estirar los textos hasta dejar a la vista su porosidad, es clave en Fogwill. Si no se cree, léase esa maravilla que es “Help a él”, una larga y paródica deconstrucción –ya desde el título– de “El Aleph”. ¿Deconstrucción? Más bien: ampliación, expansión de los elementos borgesianos para de ese modo volverlos más obvios y comprensibles.

Estos cuentos pesan, además, por toda la realidad que acarrean. Desde luego que no se trata de una realidad universal, ingrávida, tópica –de esa que, ay, hace crack. Se trata de una realidad concreta y local –experimentada. Si Fogwill tiene un compromiso, no es con lo Real ni con la cacareada Condición Humana. Por el contrario: trabaja con materiales claros y específicos –un rincón particular de Buenos Aires, un determinado taxista, una fecha puntual. En efecto: trabaja. Después de elegir su porción de realidad, no se limita a cuidarla ni a registrarla en detallados apuntes costumbristas. Procede del mismo modo que con el cuento de Borges: extiende el tejido –la trama– de esa realidad hasta botar sus costuras y abrir sus puntos. Donde se crea un espacio, clava una aguja. Que lastima en México y cómo ha de joder en Argentina.

domingo, 21 de marzo de 2010

La mamá de Fogwill hundió un barco

El escritor Rodolfo Fogwill, esta semana en Madrid. Foto: CLAUDIO ÁLVAREZ
Basta teclear en YouTube su nombre y el de ese famoso refresco que nos garantiza la chispa de la vida para dejarse mecer por su acento porteño. Rodolfo Fogwill (Buenos Aires, 1941), o Fogwill, a secas, presta su inmensa voz para vender bebidas en un anuncio que reclama a "los malos poetas". ¿Y qué? A nadie que conozca a este narrador fuera de toda serie le sorprenderá. Le importa el dinero (y le han pagado mucho por venderse), como le importan el sexo, las drogas, la política, los hijos y los amigos.

Todo forma parte de los laberínticos surcos de ese rostro que es imposible de olvidar. A sus 68 años, guapo y enérgico, Fogwill ha viajado a España para presentar la edición por Alfaguara de sus cuentos completos y, por Periférica, de varias novelas cortas, entre ellas la esencial Los Pichiciegos.

La leyenda rodea a Los Pichiciegos, una novela sobre la guerra de las Malvinas que Fogwill escribió casi en estado de trance en tres días y cuya gestación el escritor accede hoy a recordar. "Pasaba por la casa de mi madre cuando la escuché gritar: '¡Hundimos un barco!'. Yo volví entonces a mi estudio y escribí una frase: 'Mamá hundió hoy un barco'. A las ocho horas del hundimiento del barco de mi madre yo ya estaba escribiendo aquel libro". Tres días sin noches con el ansioso desvelo de la cocaína y ya había nacido una obra cumbre de la literatura argentina. "La leyenda no le da más valor, pero a mí me da orgullo. El valor literario se puede malversar, es cuestionable. Pero hay un valor ético, que es el de haberla hecho y haberla hecho como la hice. Aunque la ética no hace un buen relato".

Fogwill se agarra a la ética de una vida cuyo recuento produce una mezcla de incredulidad y vértigo. Ha sido publicitario, profesor universitario, investigador de mercados, editor, empresario, especulador de bolsa, terrorista, estuvo en la cárcel por estafador y durante 17 años vivió enganchado a la cocaína. Padre de cinco hijos ("el mayor tiene 41 y la pequeña, 12"), Fogwill asegura que no puede pasar más de cinco días sin ellos. Cuando habla, ellos y sus madres parecen la única medida real del tiempo. "Mi valor literario es una lápida para mis hijos, pero, en cambio, mi valor ético es un impulso. Ninguno de ellos se arrepiente de la moral de un padre como yo", afirma. "Yo nunca fui un padre exhibicionista, pero a un hijo no se le engaña. Ellos saben todo. La ética de una vida no es hacer o no hacer, sino decidir".

En el volumen de cuentos completos editado ahora Fogwill ha evitado la cronología para ordenar una serie de relatos que arrancan en los años setenta. "El orden cronológico es siempre atroz, se va dando uno cuenta de cómo ha ido decayendo. Es mejor el orden temático, por tono, o por ritmo de lectura. La mayoría son de 1977 y 1978. Durante esa época producía a un ritmo más rápido. Es una curva paralela a la producción de semen o igual a la de la memoria del tiempo. Para mí, hace un año fue como ayer y, sin embargo, cuando tenía 10 años, un año duraba un año. Entonces la distancia en tiempo era igual a la distancia al tiempo vivido. De joven producía mucho porque también vivía mucho". Con los años, explica, llega el factor de "concentración". "Como con el sexo, se aprovecha la economía de medios. Trucos para estimular y estimularse la imaginación".

Tomado de El País.