lunes, 22 de enero de 2007

"Lunar Park", de Bret Easton Ellis

Hace algunas semanas compré "Lunar Park", una novela de Bret Easton Ellis, considerado el "enfant terrible" de la literatura norteamericana actual. Hasta el momento en que tuve el libro entre mis manos y leí la contraportada, el nombre de este escritor me era desconocido. A mitad de la lectura de la novela abrí algunas páginas en internet y me fui enterando de quién era Bret Easton Ellis. Era, efectivamente, el niño terrible que los críticos decían; aquel que siendo aún universitario habría de convertirse en uno de los escritores más ricos y famosos de su país. Su novela "Menos que cero" se lo había permitido antes de cumplir los 23 años y "American Psycho" (1991), que después fue llevada al cine, habría de confirmarlo. Después vinieron los años de los paraísos artificiales. Su vida se convirtió en hedonismo puro; mujeres bellísimas, restaurantes lujosos, alcohol y drogas cabían juntos en los días de un escritor que, por estas mismas causas, ya no escribía. A esto habría que agregarle la relación difícil con su padre, que murió alcoholizado y cuyas deudas heredadas al hijo devolvieron a Bret al mundo real.
En "Lunar Park" (Mondadori, 2006) Ellis nos ofrece una falsa autobiografía en la que parece intentar el exorcismo del demonio de su padre. "Surgió un fantasma en la figura de mi padre, y un hijo muy disgustado y atormentado por él", confiesa Ellis en una entrevista. Pero lo que al principio parece una auténtica autobiografía, que nos hace ver con ciertas reservas la figura de su protagonista, sumido en las drogas, el alcohol y la modorra que produce la fama, se convierte poco a poco en una historia de suspenso apasionante y entretenidísima.
Sucede que una vez muerto su padre, Ellis y su familia deciden irse a vivir a una zona periférica de la ciudad. Ahí el autor-protagonista trata de llevar una vida tranquila. Se ha reconciliado con su ex mujer e intenta ser por primera vez un padre para su hijo, con el que nunca ha vivido, y para la pequeña hija de su esposa. Lee los periódicos todas las mañanas y se entera de las recientes desapariciones de niños en las zonas cercanas. Además, empieza a ver indicios de la presencia de su padre muerto. Y por si esto fuera poco, en una fiesta de disfraces ofrecida en su casa la noche de halloween aparece alguien disfrazado de Patrick Bateman, el personaje principal de su novela "American Psycho".
A partir de ahí todos estos acontecimientos empiezan a relacionarse. Vemos a un Bret Easton Ellis esquizofrénico que vuelve a la familia completa el blanco inocente de sus manías, sus obsesiones y sus miedos. Día tras día las desapariciones de niños aumentan; el Patrick Bateman real empieza a asesinar personas, al parecer siguiendo el argumento de la novela de Ellis, como si ésta fuera un manual de instrucciones; el viejo auto de su padre muerto ronda cerca; el muñeco de su pequeña hijastra, Terby (probable anagrama de Bret), cobra vida y habla con la niña; y la vida del escritor se convierte en un infierno (la antítesis quizá de sus años de juventud hedonista y despreocupada) del que querrá escapar a toda costa.
Una novela extraordinaria, de esas que una vez iniciada su lectura no se puede parar, hasta acabarla. Realidad y ficción juntas otra vez (es la moda últimamente) al servicio de la literatura.
Algunos consideraron a Bret Easton Ellis muerto como escritor, después que publicara dos novelas con mucho menos éxito que las primeras; pero con esta "Lunar Park" Ellis, el aún joven Bret Easton Ellis, nos dice que ha vuelto, y con él sus obsesiones, sus demonios y sus miedos. Ahora que ya no es para mí un escritor desconocido puedo decir que me ha dado mucho gusto conocerlo. Habrá que buscar sus títulos anteriores y seguirle la pista hacia atrás, mientras no haya vuelto de nuevo.

domingo, 21 de enero de 2007

Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas

El libro Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas es una selección de entrevistas a Roberto Bolaño recogidas por Andrés Braithwaite, para Ediciones Universidad Diego Portales con prólogo de Juan Villoro.
Consta de dos partes. En la primera una serie de entrevistas realizadas entre 1998 y 2003 y en la segunda una especie de “Diálogo bolañiano” donde el escritor parece hablar de sí mismo a través de respuestas dadas en más de cien entrevistas a distintos medios.Como siempre, Bolaño no deja de sorprendernos.
En ocasiones debe enfrentarse a entrevistas anodinas. Preguntas del tipo ¿Dónde desearía vivir? o ¿Crees en la inspiración o en la constancia? Como las que le hacen en La Tercera o en QueLeer, merecen escuetas y estereotipadas respuestas del autor. Pero en otras entrevistas, aquellas en las que Bolaño goza de la complicidad del entrevistador, el escritor se lanza a una imparable verborrea en las que se muestra tal como es... o quizás no, quizás la entrevista sea para Bolaño un género literario, como afirma que lo debería ser la crítica.
Tal vez las respuestas de Bolaño sean, también, narrativa. Tal vez vivió como escribió, o al revés, o como dice “No sé quien soy, pero sé lo que hago”Vida y literatura:De la entrevista al Diario El Mercurio, abril de 2003:
¿Cuándo supo que estaba enfermo?“Hace más de diez años. Aunque en realidad me di cuenta de que estaba enfermo a los 11 o tal vez a los 10 años, en Cauquenes. Yo estaba sólo, en el patio de mi casa, y un tipo muy alto y flaco me preguntó, desde el otro lado de la barda, por una calle. Le dije que no sabía donde estaba esa calle y el tipo se alejó. Yo me asomé a la barda (era una barda no de ladrillos ni de cemento, sino de adobes hechos de barro y paja) y lo vi alejarse. Parecía un zancudo. Y entonces me di cuenta de que, de la misma forma que él se alejaba, yo también, en cierto modo, me alejaba, ambos nos alejábamos mutuamente de nuestras respectivas conciencias. Me di cuenta de que yo pensaba y que él también pensaba y que ambos pensamientos no sólo eran parte de un juego, sino que eran dos pensamientos distintos, destinados a encontrarse una sola vez en la vida y por espacio de pocos segundos. Que yo tenía mi vida y que él también tenía su vida. Y esa toma de conciencia para mí fue el primer atisbo concreto de la muerte, pese a que ya por entonces había visto a dos muertos (en dos velorios, naturalmente)”.A veces tengo la sensación de que la invención de Morel sigue funcionando en algún lugar, en la frontera entre la realidad y la ficción. Ulises Lima perdido en Cauquenes busca a Arturo Belano... o nosotros buscamos a Bolaño y lo encontramos jugando en un patio... le preguntamos por la calle, apenas le miramos, no damos importancia al niño que juega y seguimos buscando.

viernes, 19 de enero de 2007

Premio Mario Monteforte Toledo 2006

La novela Legajo anudado, cartas para leer o apostar, de Rogelio Salazar de León, fue seleccionada, por unanimidad, como la ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo 2006.
El jurado, que estuvo conformado por Raúl Figueroa Sarti, Raúl de la Horra y Marilyn Pennington, consideró que la novela de Salazar era una obra "excelentemente escrita, con una temática audaz y original, cuyo desarrollo es coherente y sin fisuras. El personaje, el filósofo Nietzsche, es presentado de forma verosímil y convincente. Es digno de anotar el evidente oficio de escritura del que hace gala el autor a lo largo de toda la novela así como del conocimiento del personaje y su entorno histórico. La calidad y contundencia de la obra están fuera de toda duda".
Así se expresó el jurado en el acta el viernes 12 de enero, tras la reunión que sostuvo en la librería Sophos, zona 10, con la presencia de Javier Donis, representante de la fundación.
El ganador
Rogelio Salazar, quien participó en el certamen bajo el seudónimo Billy Elliot, nació en la ciudad de Guatemala el 21 de noviembre de 1957. Bachiller en Ciencias y Letras y Abogado y Notario. Fue catedrático de Filosofía y Lógica en la Universidad de San Carlos. Posteriormente estudió una maestría en Historia en la Universidad Internacional de Andalucía.
La obra
Un texto a la manera de un epistolario, que se arma a partir de unas cartas ficticias escritas por el alemán Friedrich Nietzsche durante su etapa de juventud, antes de que se convirtiera en filósofo. Las cartas son supuestamente encontradas en la Universidad de Basilea, donde Nietzsche trabajó hasta 1879, y están dirigidas a personas cercanas a él.
A continuación una entrevista al autor
¿De dónde nace la idea de la novela?
– Surge del deseo de encontrar una voz, de buscar un estilo, una singularidad en la expresión. El hecho de escribir una novela que tenga un contenido filosófico se me figura a mí como un camino adecuado para la consecución de mi propio estilo. Yo tengo la idea de que el matrimonio entre la Literatura y la Filosofía no es algo nuevo, es algo que viene desde la época de Platón o los presocráticos.
¿Por qué la mezcla de la Filosofía y Literatura?
– Lo más importante para mí ha sido acercarme desde la juventud a la Filosofía y buscar una expresión para ella, dejando un poco de lado la dureza, la rudeza y la especialidad del lenguaje filosófico para ir haciéndola un poco más comprensible y más sensible. La Literatura es un buen vehículo para lograrlo. Ahora, en el caso concreto de este libro, Nietzsche era un filósofo muy literario, por lo que era un excelente ejemplo para lograr esto.
¿Por qué escogió a Nietzsche como el protagonista de su novela?
– Nietzsche es un personaje que me ha seducido desde siempre, su trayectoria me ha interesado mucho. Creo que para el siglo XX fue muy importante, en la medida de que todas las expresiones intelectuales de ese siglo tuvieron que ver con él. Es un personaje ante el cual es difícil ser indiferente.
Su libro se enfoca en una época en particular de la vida de Nietzsche, ¿por qué su juventud?
– Simplemente porque el libro que mejor conozco de Nietzsche es El origen de la tragedia. Este es el primer libro de Filosofía escrito de una forma seria por él y, aparte, me intrigaba mucho esa ruptura que tuvo con su guía, el músico Richard Wagner. Intenté mostrar en la novela la historia de cómo el filólogo se convierte en filósofo, de cómo rompe su amistad con Wagner y de cómo esa amistad se rompe porque Nietzsche empieza a entender que está enamorado de la esposa del músico, Cósima. Eso fue lo que más me condujo a atender esta época de la juventud. La novela termina cuando Nietzsche tiene más o menos 33 años.
Usted es conocido en el ámbito literario por sus artículos en el periódico de la Usac, ¿qué diferencias encontró al escribir la novela?
– Como usted lo dice, yo lo que realmente escribo son artículos que reflexionan sobre un personaje o sobre la obra de algún personaje. Yo no encuentro mucha distancia entre lo que he hecho en el periódico de la universidad y lo que hice ahora. La diferencia probablemente está en que la atención está más enfocada, y el aliento es más prolongado, pero es un trabajo que tiene la misma intención: acercase a la obra de alguien. En este caso concreto, lo que hice fue verlo desde adentro, ponerme en los zapatos de Nietzsche y tratar de escribir desde lo que él vivió y lo que uno puede asumir leyendo sus biografías y su obra.
¿Por qué dejó la abogacía, para dedicarse a la Filosofía y a las Letras?
– Porque la verdad no está en el Derecho. Yo trabajé con mi papá, que es abogado, durante 15 años. En 2000 él decide retirarse y yo decido dedicarme a otra cosa y no me arrepiento. Amo lo que hago hoy y le tengo mucho reconocimiento al Derecho porque me permitió hacer un capital que hoy me permite vivir tranquilo.
¿Qué importancia tiene para usted recibir este premio?
– Para mí, la mayor satisfacción es escribir algo y estar conforme con eso. En todo caso, siempre es una buena noticia el hecho de que un jurado, en este caso compuesto por personas que viven entre libros y que tienen un nivel cultural notable, valore un trabajo.

lunes, 15 de enero de 2007

Confesiones de un lector desde su pubertad

Por Gustavo Campos
Cuando todavía no tenía noción de la existencia de ciertos seres llamados “escritores”, o “artistas”, a pesar que ya había leído cuentos, muy pocas “novelas” (de éstas omito sus títulos, para evitar la humillación mi memoria los borró) y poemas (yo creí que eran anónimos, aunque estaban debidamente firmados aún no me obsesionaba con sus nombres), leí un cuento que me fascinó: “Los juramentos de las mujeres”, de Marco Denevi. Entonces contaba con menos de 14 años, aún no tenía la obligación –preocupación- de escoger una carrera que estudiar (y me refiero al bachillerato, no a la universidad). También había leído “La tela de Penélope, o quién engaña a quién”, de Monterroso, y uno que otro cuentito más, incluyendo “La trama”, de Jorge Luis Borges. (Me reservaré algunos detalles –vergonzosos- de mis experiencias literarias de púber ingenuo)
Igualmente tuve la oportunidad de conocer y extasiarme con algunas pinturas de arte contemporáneo: “La mesa solar” y “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí; “El caracol”, de Henri Matisse; además de obras de Goya y Picasso, entre otras.
Sobre la poesía prefiero no “referirme” (nótese el entrecomillado siniestro). Ya imaginarán qué escritores enseñan a los jóvenes colegiales; en su mayoría son artistas españoles, por aquello del idioma. ¡Sí que fui una víctima del mal gusto! Quizás sea ésta una de las razones por la que ahora no me sienta muy afín a la literatura de ese país, salvo una lista muy pero muy reducida, que me gusta llamarle “depurada”, en la que no desfilan grandes nombres y sin embargo algún Nóbel se cuela. De pequeño claro que fui un ferviente admirador de ellos, como todos -por ignorancia-, pero algo me hacía desconfiar de una poesía que me parecía algo florida, cursi, aburrida y hasta hipócrita, heredada por muchos escritores de América. Literatura de cobardes y conservadores, de seres que no tenían ni la mínima intuición de la rebeldía, en el sentido de una fuerza devastadora capaz de agotar al artista y corromperlo hasta la saciedad de su inconformidad, herederos del “árbol de Adán”, sino en modestia y rebeldía, ésta como una postura “hacia” no “desde”. Su mayor logro: las imágenes y metáforas exóticas. El disfraz perfecto del artista mediocre, su fórmula. Su ilusión, la redención por medio de valores morales. A veces dejaban deslizar uno que otro chillido necio o una agudeza poética, lo que los hacía más repugnantes. Kitsch a más no poder. Incapaces de transgredir valores morales y espirituales, de transgredir la sociedad misma y proponer cambios, quiebres violentos y rotundos. Ese mundo me desterró. Y ese exilio se transformó –gracias a cualquier Dios, aunque esté muerto, se haya suicidado, o esté en el infierno llorando víctima de sus propias leyes naturales- en la manifestación de mi hastío y “buen gusto” o “gusto exclusivo”, como buen mimalapalabra. En esos años colegiales nunca me presentaron un escritor capaz de “contorsionarse en el punto extremo de sí mismo”, como decía Ciorán acerca de Rimbaud y Nietzsche; ninguno proponía “vértigos”. Nada de conocimiento para un aficionado de lo insondable, para un futuro “fanático de la carroña”.
Aunque un año después, ya todo un “quinceañero”, tuve la fortuna de conocer un poema que después recitaría en cualquier ocasión: “Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias…”, de Oliverio Girondo, argentino, por una película que había visto, “El lado oscuro del corazón”, junto a un compañero de colegio, gracias a que yo era miembro del videoclub Magic Maker (ya cerrado) que funcionaba en la Zona Viva de San Pedro Sula. Claro que en mi experiencia lectora existen los altibajos y momentos sombríos, de los cuales ya me excusé al inicio de este escrito. Y fue hasta después, en una lectura de "Los Novísimos" en la librería Caminante, cuando descubrí “seres con sonrisas vencidas por mil espantos”, parecidas a la mía (aunque en más de alguna ocasión habrán descubierto al editor de este blog sonriendo en las calles por una propensión natural a la simpatía: es la inteligencia del corrompido. O como decía Henry de Montherlant: “Ah, es que mi humor es la cortesía de mi desesperación”, respondiendo a la pregunta que frecuentemente le hacían de por qué su humor siendo él tan triste y oscuro). Esos amigos “iluminados por la muerte”, compañeros de travesías y de chupas, son ahora los mimalapalabra.
¿Por qué no me gusta hoy la poesía española? En mi defensa diré, para acabar con el tema, citando aquel viejo aforismo -citado también por Bukowski en los Escritos de un viejo indecente, edición de Anagrama-, “El conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia”. Desde que descubrí que existía otro tipo de escritores me hice libre. Y al mismo tiempo esclavo de mi dudosa libertad, pues ésta es relativa y aparente. Y comencé a reconsiderar el “papel” de la poesía en mi vida.
Volviendo a uno de los temas que motivó esta confesión, fue en la narrativa –cuentos cortos, en su mayoría-, y no en la poesía, en la que empecé con pie derecho como lector.
Y hoy quiero compartirles ese cuento de Denevi que me fascinó, imposible de creer, más para un joven sin el debido “adiestramiento” en la “suspensión de la credulidad”, imposible de creer por su maestría en la manipulación ingeniosa y humorística de uno de los temas principales en la leyenda de “Tristán e Isolda”: el de los juramentos de Isolda. En su concisión devela una de las preocupaciones obsesivas –o fundamentales, según el juicio- que lo acompañaron en su creación y le valieron el reconocimiento de ser uno de los grandes escritores de su país, Argentina, y de todo Hispanoamérica: “esclarecer problemas, develar embustes, plantear dudas”, según un artículo publicado en La Nación después de su muerte, en el año 1998. Traducido a muchos idiomas, también fue miembro de la Academia Argentina de Letras y merecedor de muchos premios literarios, entre ellos el Kraft, por su novela Rosaura a las diez, en 1955, y el Primer Premio en el concurso de cuentos realizado por la revista “Life”, Ceremonia secreta, en 1960.
Él ocupa uno de los lugares de mayor prestigio dentro de las letras latinoamericanas de hoy. Su obra mantiene una calidad estética y un humor lúcido, a veces mordaz, a mi juicio; y además, comparte una exquisita ironía, como la de nuestro Monterroso. Y por haber leído esos cuentos, aunque fue hasta años después que creció la semilla, le debo un agradecimiento a los libros de texto de Editorial Norma, “Comunicándonos”, y al profesor de español que nos “aburría” (y esto lo digo en serio) leyéndonos poesía todos los viernes mientras estuve en ciclo básico: el poeta Jorge Martínez, el temeroso del “martillo incesante” que horadó, no sé en qué tiempos, su propia carne, o la de otro.
Como imagino que los lectores de nuestro blog son muy letrados, me abstendré de incluir el argumento o una breve reseña de la leyenda, suponiendo que ya es parte de su acervo cultural.
Recomiendo además, leer “Dulcinea del Toboso” y cualquier otro cuento de Denevi que logren encontrar en la red.
El cuento es de ustedes, espero lo disfruten.
Los juramentos de las mujeres

Cuando Isolda desciende del barco que la trae a Cornualles y el rey Markel la abraza, ella le jura que sólo la han tocado sus brazos y los brazos del marinero que la bajó del navío para que no se mojara los pies. El marinero es Tristán, disfrazado.

Cuando el rey la besa por primera vez, Isolda le jura que sólo ha besado a dos hombres: a él y un leproso que encontró camino del castillo. El leproso es Tristán, disfrazado.

Cuando el rey Markel empieza a sospechar que su mujer lo engaña con Tristán, Isolda le jura que sólo se ha acostado con un hombre. Como el rey cree acostarse todas las noches con Isolda, sus sospechas se disipan. Quien todas las noches se acuesta con el rey es Brangania, disfrazada.

Cuando, a raíz de ciertas acusaciones de adulterio proferidas por Melot, Isolda pide someterse a Juicio de Dios para probar su inocencia y se prepara para caminar descalza sobre carbones encendidos, un fraile la levanta en sus brazos y la lleva hasta el otro lado. Isolda le jura al rey que sólo la han tocado sus manos y las manos de ese fraile. El fraile es Tristán, disfrazado.

Cuando Tristán e Isolda huyen y durante un tiempo viven juntos en el bosque de Morrois y el rey Markel los busca y una noche los encuentra durmiendo el uno al lado del otro y ciego de cólera se dispone a matarlos, Isolda le jura que durante todo ese tiempo, ella y Tristán se mantuvieron tan puros como, por ejemplo, Brangania con el rey.

Cuando, por las dudas, el rey Markel destierra a Tristán, Tristán desposa a una segunda Isolda, la de las blancas manos, a la que no ama y con quien se casa sólo para tratar de olvidar a la otra Isolda. Esta, enterada de todo por Kurneval, escudero de Tristán y amante de Brangania, le jura al rey Markel que Tristán siempre ha detestado a Isolda, y si alguna vez, y bien, es verdad, ha fingido amarla, lo ha hecho únicamente para olvidar a otra mujer a la que, no obstante, sigue amando.

Cuando Kurneval aparece con la noticia de que Tristán, malherido en su combate, quiere ver a Isolda antes de morir, Isolda, sin pedirlo permiso al rey, corre hasta donde agoniza Tristán. Detrás de ella llega también el rey Markel. Demasiado tarde: Tristán ha muerto. Sobre el cadáver de Tristán, Isolda jura no haber amado jamás a ese hombre. El cadáver es Kurneval, disfrazado.

Y cuando el navío conduce de regreso al rey Markel y a Isolda hasta Cornualles, e Isolda desciende del barco, un marinero la toma en sus brazos para que no se moje los pies. El marinero es Tristán, disfrazado.

Marco Denevi

Dulcinea del Toboso

Leyó tantas novelas que terminó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso (en realidad se llamaba Aldonza Lorenzo), se creía princesa (era hija de aldeanos), se imaginaba joven y hermosa (tenía cuarenta años y la cara picada de viruelas). Finalmente se inventó un enamorado al que le dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia remotos reinos en busca de aventuras y peligros, tanto como para hacer méritos y, a la vuelta, poder casarse con una dama de tanto copete como ella. Se pasaba todo el tiempo asomada a la ventana esperando el regreso del inexistente caballero. Alonso Quijano, un pobre diablo que la amaba, ideó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas que Dulcinea atribuía a su galán. Cuando, seguro del éxito de su estratagema, volvió al Toboso, Dulcinea había muerto.

Marco Denevi

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Tusquets publica novela de hondureño

Hondureño rinde homenaje a Guadalajara en primera novela
Tomado de EFE
México- El escritor hondureño León Leiva Gallardo eligió a la ciudad mexicana de Guadalajara, de la que se enamoró hace años, para ambientar su primera novela, que comenzó como un diario de viajes en una ciudad que idealizó durante mucho tiempo.
"Fue una ciudad predilecta desde mi infancia", explicó a Efe Leiva Gallardo, quien acaba de publicar en México "Guadalajara de noche" (Tusquets, 2006), la historia de un dramaturgo excéntrico que visita la capital de Jalisco, en el occidente del país.
Para el escritor nacido en la ciudad de Amapala (1962), autor de cuentos y poemas así como colaborador de la revista "Contratiempo", Guadalajara "representaba a México" en su imaginación antes de viajar a ella en 1996 y conocerla de cerca.
Confiesa que su primer acercamiento a una ciudad, que es considerada la cuna del mariachi, de la que surgieron canciones famosas y los trajes de charro, lo vivió a través del cine.
La novela narra las aventuras de varios personajes, en particular de Booby Cay, un escritor que tiene algunos rasgos del propio Leiva Gallardo.
El autor confiesa que las primeras notas de lo que a la postre sería el libro fueron "notas de viaje" al estilo de lo que los anglosajones denominan un "travelogue", que hablan de antros, bares y fiestas de "un mundo casi apocalíptico" que no está tanto en la ciudad como en el propio Booby Cay.
El escritor hondureño señala que actualmente se vive en una especie de mundo apocalíptico que trastoca valores e ideas, lo cual aboca a las personas a "caer inconscientemente en los submundos, porque el mundo no nos funciona o no funcionamos en el mundo".
Para Leiva Gallardo, en su primera novela, "si hay un 'underground' que es inmenso es el de la vida interior de Booby Cay", un escritor que rechaza la etiqueta de turista y defiende que es un viajero.
Una de las frases más contundentes de Cay es la que dice que "Estados Unidos es la antítesis de América Latina", de la que el escritor toma distancia.
Leiva Gallardo, quien desde hace años vive en EEUU, dice que escribe sobre temas latinoamericanos únicamente.
"No es un plante político, de ninguna manera", más bien una "cuestión de estética", asegura.
Leiva Gallardo advierte que en EEUU hay "un mundo libresco en español que va creciendo" y que engrosan autores como él mismo, que tienen una "postura afectiva" con el lenguaje y con sus culturas de origen.

sábado, 23 de diciembre de 2006

Poeta salvadoreño gana el Adonáis 2006

Recientemente el jurado calificador del Premio Adonáis de España, integrado por Carmelo Guillén, Jorge Benito de Lucas, Diego Jesús Jiménez, Julio Martínez Mesanza y Antonio Colinas, dio a conocer el nombre del poeta ganador en su edición 2006. El favorecido resultó ser un salvadoreño, George Alexander, de 33 años, por su libro "Breve historia del Alba", un poema que él creó en "un periodo terrible y duro" de su vida, cuando estaba sumido en una profunda depresión, según dijo el propio poeta en una conversación telefónica con Efe tras conocer que había recibido el prestigioso galardón, cuya sexagésima edición le fue concedida por unanimidad del jurado.
El jurado destacó de la obra premiada "la riqueza de sus recursos expresivos, que se suman a una voz intensa y reflexiva".
"Nadie puede imaginar lo que significa para mí haber recibido este premio estando tan lejos de todo, y que han ganado poetas tan importantes para la historia", comentó este escritor que ha recibido ya otros galardones y que su conexión con el mundo -dice- se produce a través de Internet. "De las bases del premio me enteré por la red", añadió.
"El libro premiado tiene cierta oscuridad porque lo escribí hace dos años cuando estaba pasando por una época terrible, por un periodo de depresión; y el poemario cuenta eso, lo que yo veía en ese momento y el camino de salida , por eso está dividido en partes: el meridiano de la tarde y el meridiano de la profundidad de la noche", subrayó.
Un poemario que le sirvió de catarsis, una terapia a través de la escritura, y un camino hacia la luz esperanzadora, que tal como explica es el momento actual de su vida.
George Alexander Portillo ha publicado también con el seudónimo de Jorge Galán títulos como "El día interminable", "Tarde de martes" (premio Hispanoamericano de Poesía Quetzaltenango, de Guatemala, en 2004), "Una Primavera Muy Larga" (premio Charles Perrault) y "La habitación".
Además, Portillo obtuvo el premio Nacional de Literatura de su país, en 1996. Es Gran Maestre de la Poesía Nacional, y este año se adjudicó el Premio Nacional de Novela de El Salvador por su libro "El sueño de Mariana".
"Cuesta mucho salir de El Salvador", dijo el poeta, y añadió que en su país "no se publica apenas nada, como pasa en Guatemala y Costa Rica. Toda la poesía la tengo que leer por internet, no como ocurre en otros países como Argentina, México o Chile, donde se publica mucho; por eso, este premio es tan importante", concluyó el flamante ganador que ahora está trabajando en una nueva novela.
Para el poeta leonés Antonio Colinas, miembro del jurado, el libro ganador "destacó muy rápido y todos los miembros del jurado supimos enseguida que se trataba de un latinoamericano por la riqueza y libertad en el uso lenguaje".
Algunos datos de importancia sobre el premio y el ganador:
El Premio Adonáis de Poesía lo concede anualmente Ediciones Rialp a un poemario inédito en lengua castellana, desde 1943. Por su victoria en estos galardones, el premiado recibirá cien ejemplares de su obra en concepto de derechos por esta primera edición además de una escultura realizada por Venancio Blanco, un premio más para sus vitrinas, ya que Portillo tiene en su haber numerosos reconocimientos que valoran su intensa carrera. El primero de ellos lo consiguió siendo todavía estudiante de la Universidad Jesuita de San Salvador en 1996. A partir de ese momento, el salvadoreño no ha parado de recibir galardones por su poesía. En los años 1998 y 1999, obtuvo el Premio Nacional de Literatura y en 2000 el título de Gran Mestre de Poesía Nacional, todos ellos en su país. Cuatro años después, Portillo obtendría el Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenago (Guatemala) y en 2005 se alzaba con el premio Charles Perrault de Cuento Infantil y el Nacional de Teatro Infantil con El hechizo del mago. Pero el premio Adonáis no es el único que el poeta gana este año. En 2006 recogió además el Premio Nacional de Novela de su país con El sueño de Mariana, una de sus obras más reseñables junto a El Día Interminable, Tarde de Martes, Una primavera muy larga y La Habitación, entre otras.

jueves, 21 de diciembre de 2006

El viaje vertical

Acabo de leer El viaje vertical, la novela que a Enrique Vila-Matas le valió el premio Rómulo Gallegos, y puedo decir que he sufrido un pequeño revés de inocente lector. Desde que el año pasado leí Bartleby y compañía, novela que el escritor catalán publicó el 2000 y que Mario (quien me la prestó) había leído desde esa fecha después que Luis Chávez se la trajera de España, y luego las otras novelas suyas que han pasado por mis manos –El mal de Montano, Historia abreviada de la literatura portátil, París no se acaba nunca, y numerosos artículos publicados en Letras libres bajo el título Conspiración Shandy- pensé que Vila-Matas era o sólo podía ser un novelista que urde tramas que giran en torno a la literatura. Así, Bartleby y compañía trata sobre los escritores del No, o sea aquellos que, por una razón u otra, dejan de escribir; El mal de Montano cuenta la historia de un padre y un hijo enfermos de literatura y la permanente lucha de estos contra “los topos”, esos seres que le contagian el virus de la mediocridad; en Historia abreviada de la literatura portátil se narra la curiosa historia de “los portátiles”, un grupo de artistas (la mayoría escritores) que, desde el espíritu del “shandysmo”, forman una sociedad secreta y reglas específicas con destino a crear sólo literatura que pudiera perfectamente ser transportada en una maleta; y en París no se acaba nunca el propio Vila-Matas hace una revisión irónica de sus años de juventud en París, cuando vivía en una buhardilla que le alquilaba Marguerite Duras y aspiraba a convertirse en escritor emulando a su ídolo Ernest Heminway.
Pero veamos: mi desengaño se produce cuando, esperando encontrar en El viaje vertical otra divertida, estimulante historia de escritores, me encuentro con que no hay nada de eso. En esta novela (publicada en 1999) se cuenta, con un estilo que cuesta identificar al principio como de Vila-Matas, la historia de un septuagenario a quien su mujer (de edad similar) le pide que se marche de casa, porque quiere estar sola para encontrarse a sí misma y vivir tranquila los últimos años de su vida. Empecé a leer, entonces, una novela escrita por Vila-Matas que muy poco o nada tiene que ver con las otras novelas que había yo leído de él. En El viaje vertical el protagonista es un personaje radicalmente opuesto a los otros personajes que yo conocía de Vila-Matas. Mayol es un hombre rico que interrumpió sus estudios a los catorce años por causa de la guerra civil española, que cuando ésta hubo terminado tuvo que trabajar y perdió, consecuentemente, la oportunidad de llegar a ser un hombre culto; y que al final de su vida, cuando su mujer lo manda a volar, como una forma de huir decide emprender un viaje a ciudades que ya antes había visitado, un viaje que acabará dirigiéndose al centro de sí mismo, hacia su hundimiento, un viaje vertical que lo ayudará, por fin, a comprender el sentido de su propia existencia.
Una novela que hay que leer de seguido, sin pausas prolongadas, para mantenerse siempre cerca de su personaje, de su angustia, de sus obsesiones y sus miedos; una novela que, aunque en realidad no tenga nada nuevo (la clásica historia del hombre solo que le busca un sentido a su vida), resulta ser una novela diferente. ¿Qué la hace entonces diferente? Sólo el genio de Vila-Matas, su capacidad para convertir un lugar común en una verdadera obra literaria.

martes, 19 de diciembre de 2006

Un cuento de Eduardo Halfon


Lejano
Por Eduardo Halfon
Me estaba moviendo entre ellos como si quisiera encontrar la salida de algún laberinto. El carácter doble de la forma del cuento, leímos juntos del ensayo de Ricardo Piglia y ya no me sorprendió ver todos aquellos semblantes repletos de acné y la más tierna confusión. Un cuento siempre cuenta dos historias, leímos. Un relato visible esconde un relato secreto, leímos. El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto, leímos y entonces les pregunté si habían entendido algo, cualquier cosa, y era como estarles hablando en algún dialecto africano. Silencio. Y audaz, impávido, seguí adentrándome en el laberinto. Varios estaban medio dormidos. Otros hacían dibujitos. Una muchacha demasiado flaca jugaba aburridamente con su rubia melena, enroscándose y desenroscándose el flequillo alrededor del índice. A su lado, un chico bonito se la estaba comiendo con la mirada. Y desde el más profundo mutismo, me llegó un retintín de cuchicheos y risas contenidas y chicles masticados y, entonces, como todos los años, me pregunté si esa mierda en verdad valía la pena.

No sé qué hacía enseñándoles literatura a una caterva de universitarios, en su mayoría, analfabetas. Cada comienzo de ciclo, ingresaban ellos a la universidad aún emanando un aroma a cachorritos lúgubres. Bastante descarriados pero con la fachosa noción de no estarlo, de ya saberlo todo, de poseer un entendimiento absoluto sobre los secretos que gobiernan el universo entero. Y para qué la literatura. Para qué un curso más escuchando a un pendejo más hablar aún más pendejadas literarias, y cuán maravillosos son los libros, y cuán importantes son los libros, y entonces mejor quítense de mi camino porque me las puedo solo, sin libros y sin pendejos que todavía creen que la literatura es una cosa importante. Algo así pensaban, supongo. Y supongo que, de cierto modo, viéndoles todos los años esa misma expresión de altanería y percibiendo esa misma mirada tan soberbia e ignorante, los entendía perfectamente, y casi les daba la razón, y reconocía en ellos algún rastro de mí mismo.

Es como las estrellas. Me di la vuelta y observé a un chico moreno y delgado cuyo frágil semblante, por algún motivo, me hizo pensar en un rosal, pero no en un rosal frondoso, sino en uno triste, seco, sin rosa alguna. Varios alumnos se estaban riendo. ¿Perdón? Es como las estrellas, susurró él de nuevo. Le pregunté su nombre. Juan Kalel, dijo igual de quedito, sin verme. Le pedí que por favor nos explicara qué quería decir con eso y él permaneció callado durante unos segundos, como para poner en orden sus pensamientos. Que las estrellas son las estrellas, dijo tímidamente, y otra vez algunas risitas, pero le supliqué que continuara. Pues eso, dijo, las estrellas son las estrellas que nosotros vemos, pero también son algo más, algo que no vemos pero que igual está allí arriba. No dije nada, dándole tiempo y espacio para que profundizara un poco más. Si las ordenamos, entonces también son constelaciones, susurró, que también representan signos zodíacos, que a su vez nos representan a cada uno de nosotros. Le dije que muy bien, pero qué tenía que ver eso con un cuento. De nuevo guardó él silencio y, mientras duró ese silencio, me dirigí al escritorio donde había dejado mi café con leche y me tomé un largo y tibio sorbo. O sea, dijo con dificultad, como si le pesaran las palabras, un cuento es algo que vemos y podemos leer, pero también, si lo ordenamos, es algo más, algo que no vemos pero que igual está allí, entrelíneas, sugerido.

Los demás alumnos seguían callados, viendo a Juan Kalel como si fuese un bicho raro y esperando mi reacción. Pensé en las implicaciones metafísicas y estéticas de su comentario, en todos los posibles derivados que seguramente ni el mismo Juan Kalel reconocía. Pero no comenté nada. Entre traguitos de café, me limité a sonreírle.

Después de la clase, ya de vuelta en el salón de catedráticos, eché más café en mi vasito de cartón y encendí un cigarro y me puse a hojear el periódico, distraídamente. Una profesora de psicología cuyo apellido era Gómez o González se sentó a mi lado y me preguntó qué curso estaba dando. Literatura, le dije. Uy, qué difícil, dijo la señora pero no entendí por qué. Tenía ella demasiado maquillaje en el rostro y el pelo teñido de un ocre cansado, como el de un micoleón o el de una muñeca olvidada. El borde de su vasito estaba ya todo besuqueado de rojo. ¿Y qué están leyendo los niñitos?, preguntó demasiado jovial. Así los llamó, niñitos. Me le quedé viendo con cuanta seriedad e intolerancia cabía en mi mirada y, suspirando una nube de humo, le dije que por el momento sólo algunos cuentos del Pato Donald y Tribilín. Vaya, dijo ella y no dijo más.

-Me pasé los próximos días pensando en Juan Kalel. Había logrado informarme de que estaba él cursando, con beca total, el primer año de ciencias económicas. Tenía diecisiete años y era oriundo de Tecpán, una hermosa ciudad de alcachofas y pinabetes en el altiplano occidental del país, aunque decir ciudad sea un tanto excesivo, y decir pinabetes sea un tanto optimista. Todo Juan Kalel desentonaba con el resto de los alumnos de mi curso y, por supuesto, con los de la universidad. Su sensibilidad y elocuencia. Su interés. Su aspecto físico y estatus social.

Como en muchas universidades privadas latinoamericanas, la gran mayoría del alumnado de la Universidad Francisco Marroquín proviene de familias adineradas o que se creen adineradas y que entonces también creen tener asegurado el porvenir económico de sus hijos. Los títulos universitarios, por lo tanto, se pueden volver meros embustes decorativos para menguar no sé qué protocolos familiares y qué decires sociales. Se podría afirmar sin ningún titubeo que esta actitud desdeñosa y pedante es aún más marcada, aún más obvia, en los alumnos de primer año, quienes yo, con indisputable fatiga, recibo en mi curso. Estoy generalizando, por supuesto, y quizás peligrosamente, pero el mundo sólo se entiende a través de generalizaciones.

De tanto en tanto, sin embargo, en medio de toda esa gran masa de falsedad e hipocresía, aparece (para seguir su propia metáfora) una estrellita fugaz como Juan Kalel, con su vocación y entrega y pasión por cualquier tipo de aprendizaje que surge de una necesidad sincera, y no de un sofisma patético y deplorable, y entonces, con sólo decir unas breves palabras, pone él en evidencia no sólo la falsedad e hipocresía de los demás alumnos, sino que a veces, luctuosamente, la del mismo profesor y su viciado sistema académico.

-El primer autor del programa era Edgar Alan Poe: trampolín natural para un curso de cuentos contemporáneos, me parece. Les había pedido que leyeran dos de sus cuentos, La carta robada y El gato negro , cubriendo así su vertiente policíaca con uno, y su vertiente de suspenso con el otro.

Al iniciar la clase, una chica algo gorda levantó la mano y dijo que no le habían gustado para nada. Muy bien, le dije, válido, pero por qué no. A lo que ella, mientras hacía una mueca de asco, simplemente respondió que muy feos. Algunas personas se rieron y otras la secundaron. Ay, sí, muy feos. Les expliqué, entonces, que el gusto tenía que ir acompañado de un entendimiento más refinado, que casi siempre no nos gustaba algo sencillamente porque no lo entendíamos, porque no habíamos hecho un esfuerzo por entenderlo y lo más fácil, consecuentemente, era decir que no nos había gustado y lavarnos las manos de todo el asunto. Hay que fomentar el criterio, les dije, ejercitar la habilidad de análisis y síntesis, y no sólo escupir opiniones vacías. Hay que aprender a leer más allá de las palabras, les dije, según yo, poéticamente, pero estoy seguro que sólo confundiéndolos más. Luego me pasé casi todo el período profundizando en los vericuetos de ambos cuentos, en la red casi invisible de simbolismos que Poe había tendido justo por debajo de los textos, como para sostenerlos. ¿Alguna duda?, les dije al terminar. Y un muchacho de pelo largo preguntó, como más de alguien tiende a preguntar cada año, si un autor como Poe hacía esto a propósito, es decir, entretejer una historia secreta en los intersticios de una historia visible, o si sólo le salía así, espontáneamente. Y entonces, como todos los años, le respondí que habría que preguntárselo a él, pero que en mi opinión ésa era precisamente la diferencia entre un escritor y un escritor genial, el poder estar diciendo una cosa cuando en realidad se está diciendo otra, el poder usar el lenguaje para llegar a un sublime y efímero metalenguaje. ¿Como un ventrílocuo?, preguntó él. Sí, supongo, le dije, aunque después, pensándolo con más detenimiento, me arrepentí.

Al finalizar, la chica gorda se me acercó mientras yo estaba guardando mis cosas. Todavía no me gustan los cuentos, dijo. Sonreí y le pregunté su nombre. Ligia Martínez. No hay problema, Ligia, ni yo ni el señor Poe nos vamos a ofender. Pero eso sí, licenciado, ya los entiendo mejor, y la regañé por decirme licenciado. Perdón, ingeniero, y la regañé de nuevo. No le gusta que le digan así, dijo de pronto otra chica que yo no había visto y que la estaba esperando en la puerta. ¿Entonces cómo?, me preguntó Ligia. Sólo Eduardo, dijo la otra chica con una ligera sonrisa, y me fijé que tenía ella los ojos color de melaza, o al menos así me pareció en ese momento, bajo esa luz. Mire, comentó Ligia, le quería preguntar por qué no hay más escritoras en el programa del curso. Apenas hay una mujer, Eduardo, esta tal O'Connoly o no sé qué. ¿No le parece incorrecto, o sea, políticamente?, preguntó con un dejo de maldad. Y le contesté lo que contesto todos los años. Tampoco incluí a un negro, Ligia, ni a un oriental, ni a un enano, y sólo, que yo sepa, a un homosexual. Le dije que mis cursos, gracias a Dios, eran políticamente incorrectos. En otras palabras, Ligia, son sinceros. Igual que el arte. Grandes cuentistas, y punto. Dijo ella que bueno, que únicamente quería saber, y se marchó con su amiga.

Solo, recostado contra la pared, Juan Kalel estaba esperándome afuera del aula. ¿Tiene un minuto, Halfon?, me dijo, pronunciando mi apellido de una manera muy peculiar, como si éste tuviese acento en ambas sílabas o algo así. Le dije que por supuesto, luego le dije que me había extrañado su silencio durante la clase. Quería molestarlo, dijo, ignorando mi comentario y viendo hacia el suelo. Me di cuenta que tenía él una enorme cicatriz purpúrea sobre la mejilla derecha. Como un machetazo, pensé. Sacó Juan un papel doblado del bolsillo de su camisa y me lo entregó. Es un poema, Halfon. Le pregunté si quería que lo leyera allí mismo y, retrocediendo un par de pasos, asustado, me dijo que no, que más tarde, por favor, cuando tuviese yo un poco de tiempo. Con mucho gusto, Juan, y le iba a tender la mano en despedida pero él siguió retrocediendo, muy despacio, mientras me daba las gracias sin verme.

-De Maupassant leyeron El Horla.

Antes de iniciar la clase, pedí que levantaran la mano todos aquellos a quienes no les había gustado el cuento. Seis personas, timoratamente. Luego siete. Y ocho. Muy bien, ustedes ocho pasen al frente, les dije y con languidez, poco a poco, se fueron ordenando ellos enfrente del grupo hasta formar algo similar a una línea torcida de sospechosos. A ver, ¿por qué no les gustó? Primero: no sé. Segundo: porque no lo terminé de leer y entonces no me gustó. Tercero: porque no se entiende nada de nada y sólo estupideces habla el autor y a mí no me gustan los que hablan estupideces. Cuarto: porque muy largo. Quinto: porque muy largo (risas). Sexto: porque me dio lástima el loco. Séptimo: porque a mí sólo me gustan los cuentos bonitos que me inspiran y me dan ánimos de vivir y no los que sólo me deprimen. Octavo: sí, igual, me hizo sentirme mal y no me gusta sentirme mal. Me quedé callado, viéndolos a ellos y viendo al resto del grupo y dejando que así tal vez les calara algo sin que tuviera yo que nombrarlo. Inútilmente. Luego les dije que muchas gracias, que podían sentarse, y procedí, despacio, a analizarles el cuento, a señalarles los elementos importantes y las temáticas recurrentes y las distintas frases que eran como bellísimas puertas de entrada a una historia secreta. Un cuento difícil, elíptico, quizás incomprensible, pero a fin de cuentas magistral.

Nos vemos la semana entrante, dije al concluir. Señor Kalel, tú quédate, por favor. Y tras responder algunas preguntas individuales y recoger mis cosas, le pedí a Juan que me acompañara a fumarme un cigarro en la cafetería. Él sólo sacudió la cabeza afirmativamente. De pocas palabras, Juan Kalel.

Caminamos en silencio, un silencio agradable, adecuado, como el de una película muda en donde ya ni siquiera es silencio sino simplemente un estado normal. Compré dos cafés con leche y luego nos fuimos a sentar a la mesa más alejada. Encendí un cigarro. Muy bueno, Maupassant, susurró Juan mientras revolvía el azúcar. Un profesor de arquitectura se acercó a saludarme, pero no me puse de pie y él se marchó enseguida. Juan se había quemado con su café y estaba sobándose los labios con un dedo. Me gustó mucho eso del tallo de una flor doblado por una mano invisible, dijo con una tristeza arrolladora, y yo pensé que en cualquier momento se echaría a llorar. A mí también, pero no sé por qué, le dije alcanzando el cenicero. Mira, Juan, leí tu poema, y luego me quedé callado, dándole pequeñísimos sorbos a mi café con leche. Él seguía soplando el suyo. Le dije que estaba muy bien. Juan levantó la mirada y me dijo que lo sabía. Ambos sonreímos. Mordí suavemente el cigarro para poder sacar el papel doblado de mi bolsón de cuero verde. En silencio, leí el poema otra vez. ¿Y el título?, le pregunté. No tiene, no creo en títulos, dijo. Son un mal necesario, Juan. Tal vez, pero igual no creo en ellos. Hizo él una pausa. Al igual que usted, Halfon, añadió con una sonrisa guasona, que tampoco cree en títulos personales. Touché, señor, y mientras machacaba mi cigarro, le pregunté si tenía más poemas, si había escrito otros. Aún estaba él soplando su café. Sin verme, dijo que ése lo había escrito aquel mismo día, en mi clase, mientras yo hablaba sobre los cuentos de Poe. Dijo que escribía poemas cada vez que sentía algo muy fuerte, estuviese donde estuviese, pero que el poema nunca trataba sobre aquello que estaba sintiendo, sino sobre algo muy distinto. Dijo que en su casa tenía cuadernos llenos de poemas. Dijo que yo era el primero en leer uno.

-Dos días después recibí un correo electrónico de la chica con ojos color de melaza. Se llamaba Ana María Castillo, pero firmaba su carta, melosamente, con el apelativo Annie. Y de inmediato pensé en una huérfana de rizos anaranjados, aunque esta chica era alta y muy pálida y tenía el pelo lacio y de un sorprendente negro betún.

La carta era breve y, para mi sorpresa, estaba impecablemente bien redactada. Decía que a ella tampoco le había gustado el cuento de Maupassant, pero que le había dado mucha pena admitirlo enfrente de todos. Por eso le escribo, decía. Para explicarle por qué no me gustó el cuento. Primero quiero que sepa que lo leí dos veces, tal como usted siempre nos dice que debemos hacer, y que también lo entendí, o al menos entendí algo. No es por eso que no me gustó, sino porque me identifiqué demasiado con el protagonista. A veces, yo también me siento igual de sola, y no sé qué hacer, no sé cómo manejarlo. Supongo que odiamos aquello que somos.

Le contesté esa misma noche, y el tono de mi carta resultó más petulante de lo que había previsto. Te felicito, le escribí. Así se lee un cuento: dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Y entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo, Annie, donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Y algunas asustan. Y otras duelen. Es curiosa la ficción, ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Al igual que los trucos de un mago nos impresionan sabiendo muy bien que son sólo trucos. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido serruchada en dos. Pero así lo creemos. Es una ilusión verdadera, oximorónicamente. La literatura, escribió Platón, es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar es más inteligente que quien no se deja engañar.

-Chéjov, entonces. Leyeron tres cuentos relativamente cortos de Chéjov y creo que nadie entendió nada. O tal vez nadie los leyó. Frustrado, les pasé un examen que duró el resto del período, mientras yo, sentado ante ellos, me deslumbraba con cada página de uno de los cuadernos de Juan Kalel.

Al salir del aula, allí estaba Juan de nuevo, esperándome recostado contra la pared. Nos dirigimos a la cafetería y esta vez él insistió en pagar los cafés con leche. Le agradecí. Ya sentados, coloqué su cuaderno sobre la mesa y encendí un cigarro. Le pregunté por qué estaba estudiando economía, pero él sólo se encogió de hombros y ambos entendimos que era una pregunta ridícula. ¿Qué hace tu familia en Tecpán? Mi padre cuida una hortaliza en Pamanzana, justo afuera de Tecpán, dijo, y mi madre trabaja en una fábrica de textiles. ¿No tienes hermanos, Juan? Tres hermanas, dijo, todas menores. Me contó que su beca también le pagaba un dormitorio en una residencia estudiantil de la capital. ¿Y usted, Halfon, por qué estudió ingeniería? Le dije que por idiota y luego permanecimos callados unos minutos, tomando café con leche mientras yo fumaba y pensaba en cómo sería su vida familiar. Era contradictorio, Juan Kalel. Por momentos, parecía él emanar una inocencia absoluta, una ingenuidad tan obvia y tan sincera como ese machetazo en su rostro. Pero otras veces daba él la impresión de comprender todo, de haber vivido y sufrido muchas cosas que el resto de nosotros sólo conoce por lecturas o suposiciones o teorías pueriles. Sin sonreír, aparentaba estar siempre sonriendo; y sin llorar, parecía tener lágrimas indeleblemente en sus mejillas. Le pregunté qué poetas le gustaba leer y él me dijo que Rimbaud y Pessoa y Rilke. Especialmente Rilke, dijo. No veo mucho de Rilke en tus poemas, Juan, o al menos en aquellos que he leído hasta ahora. Rilke está en todos mis poemas, dijo y no quise preguntarle por qué lo decía, aunque mucho después entendí perfectamente. ¿Usted no escribe poemas?, me preguntó y, machacando mi cigarro, le dije que nunca, y luego le iba a decir que no me sentía un poeta, pues un poeta, en mi opinión, tiene que sentirse así, nacer así, en cambio un narrador puede irse formando poco a poco, pero no logré decirle nada. Me habían saludado desde atrás y, al darme la vuelta, encontré los ojos color melaza de Annie Castillo, lo cual es un decir, pues de melaza no tenían más que un recuerdo equivocado. Y me puse de pie.

Qué tal, Eduardo. Llevaba ella sus libros abrazados fuerte contra el pecho, como un salvavidas, pensé, y preguntó si estábamos ocupados. Le dije que un poco. Bueno, sólo quería agradecerle su respuesta, personalmente. No hay de qué, Annie. Y decirle, Eduardo, que tal vez podríamos juntarnos a platicar algún día, musitó tornándose rosada, si usted puede. Le dije que por supuesto, que me encantaría, y ella sonrió nerviosa. Pues nos escribimos, entonces, dijo y me tendió su mano, una mano larga y delgada y demasiado fría.

Al sentarme, encendí otro cigarro y noté que, mientras Annie se iba alejando, Juan Kalel estaba muy concentrado viéndole las nalgas.

-En este cuento no pasa nada, alegó un chico algo raquítico de apellido Arreola. Qué, un tipo se toma unos tragos con su viejo amigo y después se marcha para su casa. O sea, qué tiene eso de maravilloso, se mofó, si es lo mismo que yo hago todos los viernes. Algunos se rieron, apenadamente.

Les dije que a Joyce había que leerlo con mucho más cuidado. Había que entender un poco la historia de Irlanda y el conflicto religioso de los irlandeses. Había que comprender el contexto de cada uno de los cuentos, su orden y sus múltiples simbolismos. Y sobre todo había que poder sentir las epifanías.

¿Alguien aquí sabe qué significa epifanía? Una chica con rasgos de gatúbela dijo que algo así como la epifanía de Jesús. Sí, más o menos, pero qué es eso. Ay, no me recuerdo, dijo. Muy bien, pongan atención, y una ráfaga de papeles y lapiceros alistándose. En el teatro griego, una epifanía es el momento climático en el cual un dios aparece e impone orden en la escena. Ahora, en la tradición cristiana, la epifanía se refiere a la revelación de la divinidad de Jesús a los reyes magos. De igual manera, es una especie de momento de claridad. Y en el sentido joyceano, entonces, una epifanía es una revelación súbita que sufre alguno de los personajes. Una manifestación espiritual repentina, escribió el mismo Joyce, dije muy despacio. ¿Está claro?,
y silencio absoluto, lo cual quiere decir que no.

Para empezar, el título, Una nubecilla , les dije, es una pésima traducción. Todos los traductores castellanos, incluyendo el cubano Cabrera Infante, no han hecho bien su trabajo. El título original es A Little Cloud , el cual sabemos que Joyce tomó de un pasaje bíblico, de Reyes 1. ¿Alguien recuerda qué pasó en Reyes 1? Una chica intentó decir algo y luego se quedó callada. Les expliqué, a grandes rasgos, que el pueblo de Israel se había alejado de Dios. Entonces, les dije, Elías profetizó una sequía total hasta que el pueblo dejara de venerar a falsos dioses y regresara a Jehová. Después de dos años sin una gota de lluvia, tras la derrota de Achab y los falsos profetas, el pueblo de Israel volvió a Dios, y el criado de Elías, felizmente, pronunció: Yo veo una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre, que sube de la mar. En otras palabras: Ya viene la lluvia, señores. Fíjense. No una nubecilla, dije, sino una pequeña nube. ¿Y por qué es esto importante en el contexto del cuento? Pausa. ¿Por qué insisto en que Cabrera Infante y compañía han hecho no sólo una muy mala traducción del título, sino una traducción que aleja al lector del sentido último del cuento?

Juan Kalel levantó la mano y dijo que pudiese haber alguna relación entre el optimismo de la nube que se avecina en la Biblia y el falso optimismo de Chico Chandler. Porque en inglés, dijo, sería Little Chandler y Little Cloud, ¿no? O sea, en español, el Pequeño Chandler y la Pequeña Nube. Se relacionan a través de la palabra pequeño, dijo. Contento, caminé yo al escritorio buscando mi café con leche. Es decir, continuó Juan, Chandler sólo habla de todo lo que hará, de todos los poemas que escribirá, de que él también algún día se marchará de Dublín y vivirá tan libremente y liberalmente como su amigo Gallaher. Pero luego, al llegar a su casa, lo único que puede hacer es gritarle a su hijo y hacerlo llorar. Es patético, creo yo, dijo. Y también es irónico, dijo. La relación entre los dos pequeños del cuento, la nube y Chandler, es irónica, pues es obvio que él jamás hará todo lo que quiere hacer. A diferencia de la nube bíblica, él no tiene ninguna esperanza. Está como paralizado, dijo Juan viéndome perdidamente, como si acabase de comprender algo mucho más íntimo pero también inalcanzable.

Sonriendo, les pregunté si habían entendido. Annie Castillo levantó la mano. Pero a mí me parece, susurró, que hay algo más. Le dije que desde luego, que había algo más. No sé, continuó despacio, me parece que el uso de la ironía en el título no es gratuito. Y se quedó callada. Exacto, le dije, ¿pero por qué no? ¿Qué otra ironía, Annie, se vislumbra en el cuento? Ella sólo sacudió la cabeza y levantó los hombros. Volteé a ver a Juan para que éste la auxiliara, pero él estaba ya absorto garabateando algo en su cuaderno. Un poema, quizás. No sé, balbuceó Annie con timidez, también es irónica la actitud del mismo Chandler. ¿Por qué?, insistí. Porque Chandler, dijo, envidia todas las cosas equivocadas e inmorales, por decirlo así, que representa su amigo Gallaher. Y eso es irónico.

Sin decir más, tomé un trocito de yeso y anoté una cita de Joyce en el pizarrón: Mi intención fue escribir un capítulo de la historia moral de mi país, y escogí a Dublín como escenario porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis.

Entonces, dije aún dándoles la espalda, en todo este hermoso desmadre joyceano, ¿dónde está la epifanía?

-La semana siguiente, leyeron ellos dos cuentos de Hemingway, Los asesinos y Un lugar limpio y bien iluminado . Les hablé del estilo hemingwayano, parco y directo y tan poético. Les hablé de Nick Adams. Les hablé de los tres meseros, que luego son dos, que luego son uno, y que luego son nada. Los puse a escribir un breve ensayo sobre la orientación de ambos títulos, ¿qué han asesinado?, ¿quiénes?, ¿existe realmente un lugar limpio y bien iluminado o es éste una metáfora de algo más? Y yo me quedé observándolos mientras disimulaba leer el periódico. Nunca llegó Juan Kalel, pero no le presté mayor atención.

-Habíamos acordado con Annie Castillo tomarnos un café a media mañana en el salón de catedráticos. Cuando ella se asomó, yo estaba fumándome un cigarro y platicando travesuras marxistas con un profesor de economía neoliberal. Le dije que con permiso, que le señorita venía conmigo, y él inmediatamente se puso de pie.

Annie se sentó. Le pregunté si se había cortado el pelo y ella, arreglándose el flequillo, dijo que un poquito. ¿Nos servimos café? Muy bien, dijo, y caminamos juntos hacia la cafetera. Noté que no sólo se había cambiado ella el peinado, sino que llevaba puesto más maquillaje que de costumbre. Lucía una diminuta blusa color turquesa que dejaba a la vista su burbujita de ombligo y acentuaba vigorosamente sus hombros y pechos. ¿Azúcar? Por favor, dijo, y mucha crema.

Ya sentados de nuevo, platicamos un poco de sus demás cursos y, por supuesto, de su previsible incertidumbre con la carrera. Tanto me impresionó su manera de verme directamente a los ojos que, de vez en cuando, yo era el que me sentía apenado y entonces buscaba con la mirada mi café o un nuevo cigarro o algún papel. Dijo que se había quedado pensando en el cuento de Joyce. Dijo que mucho de lo que Joyce estaba señalando en los dublineses, también se encontraba en los guatemaltecos. Dijo que nunca le había gustado la literatura, pero que mi curso no estaba mal. Muchas gracias, le dije, y luego le pregunté por qué se había identificado tanto con el narrador del cuento de Maupassant. No sé, dijo después de pensarlo un momento, como si estuviese tratando de recordar la respuesta que se había memorizado. Me rodeo de gente, Eduardo, para no sentirme sola. Pero con o sin gente, siempre me siento sola. Igual que el personaje, supongo. Una soledad que casi no se tolera, ¿me entiende? Y no dijo más. Y yo tampoco quise indagar más.

Viendo la hora, exclamó ella que ya iba tarde. Algebra, susurró con desesperación. Ambos nos pusimos de pie. Le pregunté si sabía por qué Juan Kalel no había llegado a la última clase. ¿Quién es Juan Kalel?, dijo, y sólo le sonreí. Annie se mantuvo quieta, aunque muy nerviosa, abrazando sus libros y viendo hacia todas partes. Le pregunté si estaba bien. Claro, ¿por qué pregunta? Me quedé callado, jugando con mi cigarro. Y ella de pronto abrió levemente la boca, como si fuese a decir algo importante o al menos algo revelador, pero no dijo nada.

-¿Quién sabe qué es un negro artificial?, les pregunté refiriéndome al título del cuento de Flannery O'Conner que habían leído. El pupitre de Juan Kalel estaba, de nuevo, vacante. Sonó el móvil de una muchacha muy alta y luego, sin tener que decírselo, agarró ella sus cosas y se salió de mi clase. ¿Qué es un negro artificial?, repetí algo frustrado, y estaba a punto de explicarles que así se les llama a unas estatuillas de negros vestidos como jockeys, muy comunes en el sur de Estados Unidos y símbolos inequívocos del racismo y la esclavitud, cuando de pronto me llegó, desde la última fila, quizás la respuesta más literaria que me pudiesen haber dado. Un negro artificial, gritó un chico con la cabeza rasurada, es Michael Jackson.

Después de la clase, fui a la facultad de ciencias económicas y le pregunté a la secretaria si había pasado algo con Juan Kalel, que llevaba él dos semanas sin presentarse a mi curso. Ella frunció la frente y me dijo que no sabía quién era Juan Kalel. Casi le grito que no sólo era un alumno becado de primer año, sino también un verdadero poeta. Juan Kalel se retiró de la universidad, escuché que dijo el decano desde su oficina. Dígale a Eduardo que pase adelante.

Estaba por llamarte, dijo él mientras ordenaba unos papeles. Siéntate, por favor. Contestó una llamada a la vez que respondía un correo electrónico y le decía a su secretaria que le diera unos minutos, que luego hablarían. ¿Qué tal tu curso?, preguntó, firmando algo. Le dije que bien. Estaba por llamarte, Eduardo, repitió. Temo que Juan Kalel se ha retirado de la universidad. Le pregunté si sabía por qué. Problemas personales, me parece, dijo y era obvio que no me quería decir más. Ambos nos quedamos callados, y pensé estúpidamente en alguna especie de tributo u homenaje a un soldado caído. Hace unos días recibimos esto, dijo él entregándome un sobre. Llegó en el correo y se lo di a mi secretaria para que te avisara, Eduardo, pero supongo que ella no ha tenido tiempo. El sobre era de un blanco sucio y no tenía ningún remitente, aunque el matasellos púrpura era, claro está, de Técpan. Guardé la carta en la bolsa interior de mi saco y, agradeciéndole, me puse de pie. Una lástima, dijo el decano y yo le dije que sí, una lástima.

-El sábado, me monté a mi auto a las siete de la mañana y salí para Técpan. Llevaba conmigo el cuaderno de poemas de Juan Kalel y su carta, nada más. Le había enviado un correo electrónico anunciándole mi viaje, pero el sistema operativo o lo que sea me lo envió inmediatamente de vuelta. En la universidad no habían querido proporcionarme su dirección física ni su número de teléfono, argumentando que él, oficialmente, ya no era un alumno y, por lo tanto, su información había sido eliminada, oficialmente, de los archivos. Como si Juan Kalel jamás hubiese existido, oficialmente.

En el camino, decidí detenerme a desayunar en la casa de mi hermano, ubicada en una pequeña aldea de San Lucas Sacatepequez, a unos veinte kilómetros de la capital, que se llama, tan literariamente, El Choacorral.

Toqué el timbre hasta que por fin lo desperté. ¿Y usted?, me preguntó sosteniendo la puerta y todavía medio dormido. Le dije que traía pan dulce y champurradas y que iba en ruta a Tecpán. Hizo una cara de confusión o de disgusto, no sé, y me franqueó la entrada. Aún en bata y pantuflas, me mostró algunas esculturas que estaba trabajando en mármol blanco y luego un mural que presentaría en yeso. ¿Yeso pintado?, le pregunté y me dijo que sí, que tal vez, que todavía no estaba del todo seguro. Preparó una jarrilla de café y nos sentamos a desayunar en la terraza. Hacía frío, pero frío de montaña, el cual es muy distinto al frío de una ciudad. Más casto y brillante. En el aire había un aroma a desnudez. Sentí calor en el rostro y me percaté que el sol apenas empezaba a asomarse, tímidamente, por encima de un peñasco verde. Le dije que me dirigía a Tecpán para buscar a un alumno. Bueno, ex alumno. ¿Y eso?, preguntó mientras me echaba más café. Abandonó él la universidad. ¿Un alumno de primer año? Sí, le dije, y le iba a decir que era un alumno de ciencias económicas que también escribía poemas, pero luego me arrepentí. ¿Y por qué abandonó la universidad? Le dije que no sabía, pero que justamente eso quería averiguar. No es un alumno cualquiera, me imagino, comentó mi hermano con discreción. No, dije, no lo es. Y en silencio nos terminamos el café.

Los nombres de los pueblos guatemaltecos jamás dejan de asombrarme. Son todos como suaves cascadas o como gemidos eróticos de algún bello felino o como bromas peripatéticas, depende. Ya de vuelta en la carretera, pasé por Sumpango, y cada vez que paso por Sumpango y leo el rótulo que dice Sumpango, me siento obligado a declamarlo en alto, Sumpango, pero no sé por qué. Pasé por El Tejar (donde, por supuesto, hacen muchísimas tejas) y por Chimaltenango y luego por Patzicía, que también tengo que pronunciar cada vez que lo leo. Todos estos nombres poseen algún hechizo lingüístico, pensé mientras manejaba y los iba entonando como pequeñas plegarias. Quizás entre mis favoritos siempre han estado los tenangos, es decir, Chichicastenango y Quetzaltenango y Momostenango y también Huehuetenango, que me gustan como palabras, como lenguaje puro. Tenango, según me han dicho, quiere decir lugar de, en cakchiquel o tal vez kekchí. Luego está Totonicapán, cuyo sonido me hace pensar en buques antiguos, y Sacatepéquez, que me recuerda a una mujer masturbándose. Asimismo me encantan Nebaj y Chisec y Xuctzul, tan secos y crudos, casi violentos, aunque jamás he estado en ninguno de ellos y a duras penas podría ubicarlos en un mapa. Sin embargo, también hay pueblos con nombres tan rústicos y vulgares, nombres ya prosaicamente castellanizados como por ejemplo Bobos y Ojo De Agua y Pata Renca y, en lo que ahora es territorio beliceño, Sal Si Puedes. Pero, en mi opinión, el pueblo guatemalteco con el nombre más característico y más (o quizás menos) creativo es sin duda El Estor, situado en la orilla del Lago de Izabal y donde, hace un par de siglos, una familia de extranjeros tenía tierras y fincas y una tienda muy famosas a la que todos los indígenas locales le decían, copiándoles a los dueños, El Store. Por lo tanto, El Estor. Supongo que los nombres de los pueblos guatemaltecos son, a fin de cuentas, igual que su gente: una mezcla de sutiles vahos indígenas y toscas frases de conquistadores españoles igualmente toscos y un imperialismo draconiano que se impone de una manera irrisoria y brutal, pero siempre recalcitrante.

-Llegué a Tecpán casi a medio día. Estacioné mi auto y entré a un comedor llamado Tienda Lucky. Una señora algo regordeta estaba echando tortillas sobre un enorme comal, pero tortillas moradas o de un azul empañado. Ella seguramente notó mi sorpresa porque rápido me susurró que se llamaban tortillas negras. Ah, le dije y luego me senté.

Una canción ranchera sonaba a lo lejos. En las paredes habían tres fotografías enmarcadas: una cabaña que parecía suiza, un par de caballos blancos tirados sobre el césped, y un patrullero rubio de pie ante su lustroso auto policiaco, con todo y pastor alemán al lado y un magno titular por encima que decía Beverly Hills Police Department.

Hola, me dijo de repente una niña de quizás diez años de edad, con facciones muy hermosas y emperifollada por completo en tela típica. Le pedí una cerveza y estaba a punto de encender un cigarro cuando ella hizo un chasquido con los labios y después señaló el letrero que prohibía fumar. Aunque le puedo preguntar a mi tía, dijo con un acento fuertísimo, como si le costara un gran esfuerzo pronunciar cada palabra. No, no hay pena, y guardé de nuevo los cigarros.

En otra mesa, un señor con sombrero y botas se estaba tomando una botella de gaseosa India Quiché. Un trapo negro le colgaba del cinturón, como una especie de delantal o algo así. Me saludó él con la mano, bajando la mirada.

La niña volvió con mi cerveza. Le pregunté su nombre. Norma Tol, dijo sonriendo. Qué bonito, ¿y cómo escribes Tol? Una te, una o, una ele, me respondió mientras, con la punta del índice, iba dibujando cada letra en el aire. Dime, Norma, ¿estará tu tía? Sí, está, dijo y no dijo más. ¿Podrías llamármela?, y ella corrió hacia la parte postrera del local. Hacia la cocina, supuse. Una camioneta llena de gente atravesó la calle, dejando atrás de sí una recia estela de polvo y ruido. Buenas, me dijo de pronto una señora muy chaparra y vestida de negro, y noté que Norma estaba justo a las espaldas de ella, como parapetada. Le dije que mucho gusto, que perdonara la molestia. No se preocupe, dijo con un acento aún más fuerte que el de su sobrina. Tenía ella las manos embarradas de alguna salsa roja y no paraba de limpiárselas y restregárselas contra los costados de su falda. ¿Usted es doña Lucky, me imagino? Así es, joven, ¿en qué puedo servirle? Le expliqué que yo era de la capital y que estaba en Tecpán buscando a un alumno. Soy su profesor, o bueno, era su profesor. Ah, vaya, dijo frunciendo la frente, ¿y él vive aquí, su alumno? Sí, en Tecpán. ¿Y cómo se llama? Es de apellido Kalel. Se llama Juan Kalel. Ella se quedó pensando unos segundos y luego me dijo que en Tecpán había muchos Kalel, que era un apellido muy abundante. Sé que su padre cuida una hortaliza en Pamanzana, le dije, pero ella sólo sacudió la cabeza. Y su madre trabaja en una fábrica de textiles. Doña Lucky se volvió hacia el señor de sombrero y botas y le preguntó algo en cakchikel. Les iba a decir que Juan Kalel tenía un machetazo en la mejilla derecha, pero decidí quedarme callado. Vaya usted a Pamanzana, me dijo el señor. Sí, joven, agregó doña Lucky, es muy cerca y seguro que allí lo conocen. Y luego, con dificultad, entre los dos me explicaron cómo llegar.

Dejé unos cuantos billetes sobre la mesa y me puse de pie. ¿No quería usted comer algo, joven?, me preguntó doña Lucky y le dije que no, muchas gracias. ¿Unos chicharines o un poco de estofado, tal vez? No, gracias. ¿Sabe usted que el estofado es el plato local de Tecpán? Le dije que no lo sabía. ¿Y cómo lo preparan, señora? Pues lleva las cuatro carnes, dijo, marrano, pollo, res y chivo. Se cocinan en un recado hasta que estén bien deshechitas, con un poco de tomillo y laurel y jugo de naranja y vinagre y un chorrito de cerveza y otro chorrito de Pepsi. Ella sonrió, pero no sé si estaba bromeando. Disculpe, le dije al señor que seguía sentado, ¿cómo se llama esa tela que lleva usted colgada del cinturón? ¿Ésta?, preguntó él levantándola. Es un rodillero, dijo. Muy típico, dijo. Los patojos ya no quieren usarlo, dijo. Le pregunté cómo se decía en cakchikel y el tipo, sosteniéndolo como si fuese una paloma herida, me respondió que xerka. ¿Perdón? Xerka, repitió casi sin abrir la boca. ¿Con equis?, le pregunté y él sólo levantó los hombros y dijo que eso ya no lo sabía.

-Pamanzana es, legalmente, un caserío. Aunque decir caserío sea un tanto bondadoso. Sobre la carretera había media docena de chozas de adobe y lámina oxidada que parecían estar a punto de derrumbarse. Estacioné el auto y luego caminé hacia la tiendita con un letrero de Rubios Mentolados sobre su puerta de entrada. Afuera, un perro dormía feliz en el único charquito de sombra. Una muchacha estaba sentada detrás de una reja, como encarcelada, y al verme se levantó. Muy buenas, le dije. Ella únicamente sonrió nerviosa. Percibí un fuerte olor a sardinas deshidratadas y, sin pensarlo, tomé un paso hacia atrás. Estoy buscando a la familia Kalel, le dije, estoy buscando al joven Juan Kalel, pero la muchacha seguía sonriendo con más miedo que pena. ¿Conoce usted a Juan Kalel? Ella, cruzando los brazos, murmuró algo ininteligible. Su padre cuida una hortaliza aquí en Pamanzana. Y nada. Me mantuve en silencio unos segundos. Pensé en todos esos barrotes que nos separaban, en tantos barrotes, y me sentí inútil. Le compré una cajetilla de cigarros y, tras encender uno, salí de vuelta a la calle.

Caminé hacia las chozas, pero no había nadie a la vista. El perro se había despertado y estaba ladrándole a algo. Una culebra, pensé. O una rata. Me recosté contra mi auto y, por alguna razón, me puse a pensar en Annie Castillo, en sus ojos que algún día habían sido color de melaza, en su palidez, en su soledad, y momentáneamente percibí una mezcla de amor y desprecio y aprensión. Pensé en los alumnos como Annie Castillo, que vivían tan cerca de un caserío como Pamanzana, pero que también vivían tan ciegamente lejos de un caserío como Pamanzana. Viendo el polvo y las chozas, pensé en todos esos cuentos que, enclaustrados en un mundo más perfecto, leíamos y analizábamos y comentábamos como si en realidad fuese importante leerlos y analizarlos y comentarlos. Y entonces ya no quise seguir pensando.

Encendí otro cigarro. Estaba por ponerme a leer algunos poemas de Juan Kalel, cuando escuché pasos atrás de mí. Era una señora vestida de negro y cargando un bolsón lleno de verduras o frutas. Llevaba ella una fina mantilla blanca sobre la cabeza. Se detuvo justo a mi lado, seria y muy acalorada. ¿Usted debe ser el señor Halfon?, dijo sin ninguna expresión y pronunciando mi apellido de la misma forma que lo hacía Juan Kalel. Le sonreí, perplejo. Ella continuó seria. Su rostro me pareció triste y demacrado, como el de un viejo lanchero de la costa. Juan tiene un libro suyo, dijo, lo reconocí por la foto. ¿Usted es su madre? Ella asintió con el mismo gesto afirmativo que solía hacer su hijo. Le dije que me alegraba mucho conocerla, que había viajado desde la capital para platicar un poco con Juan, pero que no sabía dónde encontrarlo. Sin verme, dijo que tenía suerte, que ella estaba en Pamanzana únicamente recogiendo coliflores de la hortaliza que atendía su marido y que ahora mismo iba de vuelta a Tecpán. Ofrecí llevarla y ella aceptó sin decirlo.

Sentada incómodamente en el auto, me preguntó si mi intención con Juan era convencerlo a retomar sus estudios. De ninguna manera, le dije, sólo quiero platicar un poco con él. No quise mencionarle su poesía. Ella se mantuvo callada un buen rato, viendo hacia fuera y sosteniendo el bolsón de coliflores. Le aseguro que no volverá, dijo súbitamente. Estuve a punto de repetirle que no era ése mi propósito, pero no dije nada. Ahora, balbuceó, necesitamos a mi Juan aquí cerquita. No quise volver la mirada, pero podría haber jurado, por su tono de voz, que estaba ella llorando.

-La casa de los Kalel quedaba en las afueras de Tecpán, sobre la carretera que conduce a las ruinas mayas de Iximché. Una vez, de niño, había visitado yo Iximché con la familia de un amigo de la escuela, y lo único que recuerdo es haberme comido unos gajos de mango verde con limón y pepitoria, y luego vomitarlos todos a la par de unas piedras de no sé qué templo o altar. También recuerdo a la madre de mi amigo abanicándome con una revista mientras me iba dando sorbitos amargos de agua quina.

Una moña negra adornaba insólitamente la puerta de entrada. Siéntese, por favor, Juan no tardará en volver, me dijo su madre. La casa, a pesar de todo, me pareció limpia y agradable. En un solo ambiente, estaba la cocina, una pequeña mesa que servía de comedor y un rústico sofá negro de cuero falso. Veladoras iluminaban vaporosamente una esquina. Me acerqué a la repisa donde tenían las fotos enmarcadas de sus hijos haciendo la primera comunión y, viéndolas, no me había percatado que estaba jugando con un cigarro hasta que la madre de Juan me aportó un cenicero. Puede usted fumar, dijo poniéndolo sobre la mesa. Le agradecí y tomé asiento, pero preferí sólo guardarlo de nuevo en la cajetilla. Sin preguntarme, ella me sirvió una taza de atol de plátano y se sentó a mi lado. Nunca había probado el atol de plátano. Le pregunté cómo lo preparaba. No me respondió. ¿Sabe usted, señor Halfon, por qué dejó mi Juan sus estudios? Le dije que no, que en la universidad no habían querido decirme más que por razones personales. Eso les solicitamos, dijo y bajó la mirada, pero la bajó de una manera excesiva, como si quisiese atravesar con ella el piso de granito y dejarla clavada en la tierra. Se mantuvo así hasta que, de pronto, se abrió la puerta y bajo el umbral apareció Juan sosteniendo la mano de una niña de quizás seis o siete años. Sobre una camisa blanca demasiado pequeña, lucía él un chaleco negro que también le quedaba demasiado pequeño. La niña parecía una copia en miniatura de su madre: vestido negro y mantilla blanca sobre la cabeza. Volví la mirada y noté que, en la esquina, alrededor de las veladoras, habían colocado flores marchitas y un rosario y algunas viejas fotografías y, entonces, de un solo, lo entendí todo.

-Almorzamos caldo de chompipe (de chunto, decían ellos) y ayote en dulce. Después, mientras caminábamos juntos hacia la Plaza Central, me dijo Juan que su padre había estado enfermo durante muchos años, con cáncer en la próstata que luego se había propagado por todas partes. Me dijo que su padre no había querido viajar a la capital para que lo revisara un médico, que siempre prefirió seguir trabajando. Mi padre murió en el campo, dijo y no dijo más. No había nada más que decir, supongo. Pero la imagen de su padre muriendo en una hortaliza, sobre su propia tierra que tampoco era suya, se quedó conmigo.

Me invitó Juan a tomarnos un café con leche. El mejor de Tecpán, me dijo con orgullo mientras le pagaba a una señora que tenía su mesita bien instalada en el corazón de la Plaza Central. En dos vasos de plástico, vertió ella un chorrito de esencia de café, luego un poco de agua hirviendo, luego leche. Algo dijo ella en cakchiquel y Juan sólo sonrió. En silencio, nos dirigimos hacia una banca vacía.

Esto es tuyo, le dije, entregándole su cuaderno y el poema que me había enviado por correo. Pensé que intentaría negarlos, pero los recibió sin comentario alguno. Una señora descalza pasó ofreciendo semillas de marañón. Ya leí sus libros, Halfon, dijo Juan viendo hacia el tumulto de hombres que se estaban lustrando los zapatos alrededor de la fuente. Y luego, durante un tiempo, nadie dijo nada. Quería decirle que entendía perfectamente por qué había dejado la universidad, que no tenía que explicármelo. Quería decirle que me hacía mucha falta su presencia en mi clase. Quería decirle que por favor siguiera escribiendo poemas, pero no había necesidad. Alguien como Juan Kalel, aunque quisiese, jamás dejaría la poesía, principalmente porque la poesía jamás lo dejaría a él. No era una cuestión de forma, ni de estética, sino algo mucho más absoluto, mucho más perfecto que poco o nada tenía que ver con la perfección.

Una amiga de Juan llegó a saludarlo y se pusieron ellos a platicar en cakchiquel. Sonaba bellísimo, como a gotitas de lluvia cayendo en un lago, o algo así. Cuando ella se marchó, le pregunté a Juan si él escribía poemas en cakchiquel. Me dijo que por supuesto. Le pregunté cómo decidía si escribirlos en español o en cakchiquel. Él se quedó callado un buen tiempo, viendo hacia la fuente de lustradores. No sé, dijo finalmente, nunca lo había pensado. Luego volvió ese silencio tan natural entre él y yo, como si ninguno de los dos necesitase realmente decir algo o como si ya todo entre nosotros estuviese dicho, igual da. Olía a elote asado. A lo lejos, un niño estaba vendiendo pollitos y nadie le hacía caso a un predicador. ¿Sabe, Halfon, cómo se dice poesía en cakchiquel?, me preguntó Juan de repente. Le dije que no, que ni idea. Pach'un tzij, dijo él. Pach'un tzij, dije yo. Y me quedé un tiempo saboreando esa palabra, degustándola únicamente por su sonido, por el delicioso encanto de pronunciarla. Pach'un tzij, dije de nuevo. ¿Sabe qué significa?, me preguntó Juan y, aunque vacilé, le dije que no, pero que tampoco importaba. Trenzado de palabras, dijo. Es un neologismo que significa trenzado de palabras, dijo. Pach'un tzij, entonándolo él con la elegancia que sólo se adquiere a través de una espiritualidad incauta. Es algo así, dijo, como un huipil de palabras, y no dijo más.

Ya era tarde. El sol estaba cayendo y decidimos con Juan caminar de vuelta a su casa. Cerca de la Iglesia Colonial, un anciano estaba de pie ante una pequeña jaula blanca. Nos acercamos. Tenía él un canario amarillo y estaba como susurrándole algo o cantándole algo. Me dijo Juan que ese canario podía leer el futuro, y yo sólo sonreí. En serio, dijo. ¿Cuánto cuesta?, le pregunté al anciano. Él levantó dos dedos. Saqué dos monedas de mi bolsillo y se las entregué. Pero es para él, dije señalando a Juan, prefiero saber su futuro que el mío. El anciano tomó una rueda llena de finos papelitos de todos colores, luego llamó al canario con un suave silbido y le puso la rueda enfrente. Con su pico, el pájaro escogió un papelito rosado. Entonces el anciano, mientras le cuchicheaba algo, tomó el pedazo de papel de su pico, lo dobló en dos y se lo entregó a Juan, quien estaba observando fijamente al canario. Pero en su mirada no había nada de ternura, nada de compasión. Sino una furia desmedida, casi violenta, casi colérica, como si ese canario le estuviese revelando algún oscuro secreto. Juan abrió el papelito rosado y se puso a leerlo en silencio. Yo sólo lo observé, también en silencio, y quizás debido a la luz del farol, quizás debido a algo más, pude distinguir claramente la cicatriz purpúrea en su mejilla derecha, la cual ahora me pareció mucho más que un machetazo. Y poco a poco, como regresando de algún infierno, Juan empezó a sonreír. Pensé en preguntarle qué decía el papelito, pensé en preguntarle qué futuro le había vaticinado el canario amarillo, pero preferí no hacerlo. Hay sonrisas, supongo, que no deben ser entendidas. Juan le comentó algo en cakchiquel al anciano, guardó el papelito rosado en el bolsillo de su camisa y, viendo hacia el cielo, dijo que muy pronto estaría anocheciendo.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Homenaje a Beckett en Klein Bohemia

Este miércoles 13 de diciembre dedicaremos un homenaje al escritor irlandés Samuel Beckett, por el 100 aniversario de su nacimiento. Utilizando varios textos de Beckett, teatro la fragua ha preparado un acto de 45 minutos especialmente para la ocasión. Proyectaremos también el cortometraje Film (B/N, 22 minutos, 1965), creación cinematográfica de Beckett con Buster Keaton como protagonista. La escritora Sara Rolla, el poeta de los zorzales y las cucarachas, Gustavo Campos, y el director artístico de teatro la fragua, Jack Warner sj, estarán presentes para acercarnos con sus palabras a Beckett y su obra.
El homenaje tendrá lugar en Klein Bohemia a las 7:30 p.m. Adjunto un gráfico con indicaciones para llegar a este Kultur-Café. http://www.kleinbohemia.com/
La invitación es para todo el público. Contamos con ustedes.
Alianza Francesa 553 1178

domingo, 10 de diciembre de 2006

Por qué sonríe Lars von Trier

Por qué sonríe Lars von Trier por Fernanda Solórzano
En casi todas sus fotos, Lars von Trier aparece con la misma expresión. Con más o menos pelo, kilos o edad, su cara de danés rosado conserva los dos rasgos que, combinados, lo hacen sentir a uno tema de un chiste privado o, sencillamente, inferior. Por un lado, los ojos papujos; por otro la sonrisa sellada, de esas que diferencian la ironía de la celebración.
Y es que, desde sus primeras películas, Von Trier no ha celebrado nada en su estado natural. Lo que celebra (y de ahí la sonrisa) es el acto de violar reglas y reinventarlas a su voluntad. Si un día declaró que el cine debía regresar a los básicos (la médula del Manifiesto Dogma) fue porque consideró que el artificio en la puesta en cámara había llegado a establecerse como la nueva naturalidad. Había que intervenir pronto y devolver al cine la rareza de la desnudez formal. Y luego destruirla otra vez: los números musicales de Bailando en la oscuridad fueron filmados con 100 cámaras. Von Trier se lamentaría luego de no haber colocado más.
La ironía dentro de la ironía es que su fama de provocador tiene cada vez menos que ver con sus radicalismos formales, y más con su reciente cruzada por ridiculizar los valores que enorgullecen a la sociedad gringa, en fábulas que ocurren en Pueblo Chico, Estados Unidos, y que le han ganado el desprecio de los parodiados en cuestión. Extrañamente (o no), éstos suelen perder de vista el punto de la crítica y alegan que Lars Von Trier, quien tiene fobia de volar en avión, nunca ha estado en su país. El reclamo es anterior a la declaración de guerra cinematográfica del director: se hizo público en los medios estadounidenses, cuando Bailando en la oscuridad, su musical sobre la pena de muerte situado en Estados Unidos, ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2000. Citando Casablanca como ejemplo, Von Trier respondió a los ataques alegando que los directores estadounidenses siempre han hecho películas sobre países que no pisan jamás. Azuzado y feliz por la irritación que generó en Cannes, Von Trier transformó la defensa en arranque creativo de largo aliento, e hizo de las inconsistencias morales de la sociedad estadounidense el tema no de una película sino de una trilogía nueva. América: Tierra de oportunidades, arrancó en 2003 con Dogville, continuó en 2005 con Manderlay (que ahora se estrena en México), y será clausurada con Wasington [sic], por rodarse en el 2007.
Situada en los años 30, Dogville toma su nombre de un pueblo ficticio en las Rocallosas, que sirve de guarida a una mujer misteriosa que dice escapar de la Mafia. Grace (Nicole Kidman) es acogida por los montañeses a cambio de favorcitos: al principio labores domésticas, y al final la violación colectiva por parte de los hombres de la Villa Perro. Con el abuso a los inmigrantes (el extranjero que busca refugio) como denuncia de fondo, Dogville ponía en la mesa su deseo de ser alegórica a través de una puesta en escena artificiosa a morir: se filmó un hangar de una aldea de Suecia, cuyas casas, jardines, flores y hasta un perrito ladrador, existían sólo como siluetas trazadas con gis blanco sobre un piso plano y negro. Los actores tocaban toc toc en puertas y paredes de aire, y hacían mímica de acciones sin objetos que sostener.
Dogville será la entrega con más impacto de la trilogía. Manderlay sigue los mismos principios formales y eso la pone en desventaja natural. Las novedad es el cambio de actriz en un mismo papel (Bryce Dallas Howard reemplaza a Kidman) y claro, el tema objeto de la amonestación.
Tomando como punto de partida la huida de Grace de Dogville (rescatada por la Mafia: el jefe era su papá), la caravana de autos negros cruza un mapa punteado de Estados Unidos y se detiene en la plantación algodonera de Manderlay, en el estado de Alabama. Es 1933. Han pasado 70 años desde la abolición de la esclavitud, un dato desconocido por los negros de la plantación. Un hombre está a punto de ser azotado. Grace, indignada, pide a su padre que la deje quedarse para liberar a la población de su condición indigna, ponerla al tanto de la Historia, e instaurar la democracia de una maldita vez.
Grace observa horrorizada los modos vulgares de los negros; ellos apenas se interesan en voltearla a ver. Harta de la indiferencia, la mujer empieza a poner orden en la comunidad: les reclama que hayan dejado de plantar el algodón, les sugiere que arreglen sus casas mugrositas, y decide estimular las dotes artísticas de un joven, al que, dice, ha observado –desde la distancia– que le gusta dibujar. En un acto de generosidad pública le regala unas pinturas para que desarrolle su arte, y le pide “que sea él mismo, sin importarle lo que digan los demás”. El negro le hace notar que lo está confundiendo con otro, sentado a uno metros de él. (“Yo tampoco he podido diferenciarlos nunca a ellos”, se escucha por ahí.) Grace no se deja intimidar por el faux pas: fija sesiones de votación para solución de problemas (hay alguien que se ríe muy alto: se decide racionar su risa), e imparte cursos como “Canalización del enojo” o “La importancia de liberar el ángel interior”.
En uno de sus fisgoneos, Grace descubre el libro de “La ley del hombre”, en que se explica que los negros se dividen según su carácter, mismo que determina su función en la comunidad. Están el loco, el llorón, el hablador, el payasito. La categoría uno es el negro orgulloso; y la última, el negro complaciente, que adopta el temperamento que los demás quieren ver en él. Luego descubre que uno de ellos es el autor del libro, y que en el fondo no quieren liberarse de las categorías fijadas ahí. Se entera de que algunos buscan perpetuar la esclavitud en Manderlay, y que alguien se ha robado el dinero de la cosecha de algodón. “This is too fucking much”, parece pensar Grace, frustrada de que no entiendan el concepto de libertad. Decide abandonar Manderlay, no sin antes asumir la tarea de azotar al ladrón.
El guiño al modelo es tan claro que basta con mencionar una sola vez la palabra Iraq. En cuanto a historia estadounidense se refiere, Von Trier parece fascinarse con la ironía que se construye por efecto de acumulación. Si en Dogville bastaba con denunciar la doble moral del gringo anfitrión del mundo que al final enseña los dientes, Manderlay hace lo propio –dibujar al liberador que al final se erige en tirano–, dándose el lujo de recurrir a un episodio histórico propio (el esclavismo, derivado en racismo encubierto) para acusar al país tanto por su doble rasero como evocar esquemas abolidos siglo y medio atrás.
Uno puede o no empatizar con la agenda de Lars von Trier. Sus denuncias no son hallazgos, y pueden ser en sí mismas blancos de parodia del antiyanquismo europeo. Pero algo levanta a su cine por encima del panfleto bobo. La diferencia entre Von Trier y digamos, Michael Moore, está en que uno de los dos provoca con sofisticación. Ni aun Grace cumple el rol de la americana fea que también es un lugar común. Es a la vez extranjera, visitante y huésped, bien intencionada al principio pero luego traicionada por su linaje gangsteril.
Mucho más que un dardo político, Manderlay es el intento más reciente de Von Trier por minar la narrativa convencional. Lo hace desde el ludismo, y de otra manera no se explicaría que su obra despierte reacciones derivadas del interés, estado que a su vez exige una cuota de atención. Teclear “Brecht” a estas alturas sería tan revelador como decir que Von Trier es un director danés. La teoría clásica del distanciamiento ya pasó por la cabeza de un hombre que se define como “un danés melancólico masturbándose ante las imágenes de la pantalla”, que dice preferir los videojuegos a las películas y que, en un documental sobre su vida, asegura con una sonrisa (la apretada, la de las fotos), que “todo lo que se ha dicho o escrito sobre mí es una total mentira”. O creemos en que sus casas de gis son lecciones actualizadas sobre arte y manipulación, o buscamos en otra fuente su gusto por la simulación espacial.
“Siempre me he sentido fascinado por los límites que te impone un lugar predeterminado”, ha dicho el director que en Manderlay disecta y analiza el tema de la libertad. Hijo de padres que define como comunistas y nudistas, Von Trier recuerda que en su infancia se le permitía hacer de todo excepto lo relacionado con los sentimientos, la religión y el gozo. “Era demasiado libre”, dice. “Echaba de menos el amor que puede resultar de una autoridad con parámetros bien definidos.” Límites y parámetros como dadores de identidad, y a la vez un rechazo ideológico por sociedades que los imponen en nombre de la libertad. Quizá tensiones como ésta permiten que Manderlay exista como crítica y divertimento a la vez. A quien se tome la denuncia en serio, le va a parecer anacrónica y va echar de menos un set de verdad. A esa persona estará dirigida la sonrisa del director.
Tomado de Letras Libres, julio de 2006.