martes, 14 de octubre de 2008

Un regalo para Fuentes

Carlos Fuentes. Foto: damian dovarganes/ daylife
Curioso descubrimiento el de Iván Thays en su blog, y muy buena sugerencia. ¿Puede llegar a tanto la fidelidad a una editorial?
"Por cierto, hace unos días me enviaron una larga entrevista a Carlos Fuentes en la que hablaba del brillante porvenir de las letras mexicanas contemporáneas, mencionando a los chicos del Crack, como Jorge Volpi e Ignacio Padilla, además de Cristina Rivera Garza, todos ellos buenos escritores y buenos amigos suyos, subrayó. De acuerdo, los tres mencionados son estupendos autores pero lo que llama la atención es que una larga lista de escritores mexicanos actuales, que la han convertido en la más dinámica de Latinoamérica, fue omitida por Fuentes. Y da la casualidad que todos han sido publicados por Anagrama. Me refiero a nombres indispensables como los de Mario Bellatin, Juan Villoro, Alvaro Enrigue, Guillermo Fadanelli, y aún más jóvenes como Antonio Ortuño o la estupenda Guadalupe Nettel (sin mencionar a generaciones anteriores, como Sergio Pitol o Margo Glantz). ¿Es que Fuentes no lee los libros de Anagrama? Habrá que decirle a Colofón -la editorial que publica los libros de Anagrama en México- que esta navidad le haga un bonito paquete, con su lazo bien puesto, con todas las novedades mexicanas para mandárselas a Fuentes. Y que no olvide, por cierto, poner en el paquete por lo menos Los detectives salvajes y 2666 de Roberto Bolaño. A ver si se entera de una vez".

lunes, 13 de octubre de 2008

El cañaveral bajo la luna

Fotograma de la película Caminé con un zombi (1943), de Jacques Tourneur.

Por Dennis Arita

En la adolescencia, que en algunos de nosotros se alarga demasiado, muchos queríamos una sola cosa: ser misteriosos. Para escribir nuestra leyenda éramos capaces de casi infinitas hazañas, o soñábamos con acometer experiencias que llamaran la atención de los demás, aunque secretamente lo único que intentábamos era vencer los temores de la niñez. Si nos lanzamos al río desde el risco más elevado queremos vencer nuestro infantil miedo a la altura de la cama, al comer lo que los demás no se atreven a ver sin sentir náuseas buscamos destruir nuestra aversión a los vegetales que nos servían en el almuerzo, cuando nos vamos adrede por la calle más oscura buscamos aniquilar el temor a las tinieblas que tantas veces nos hizo cubrirnos de pies a cabeza con las sábanas.
Los directores y los guionistas de cine son como adolescentes porque también desean vencer a cualquier costo a los fantasmas de su infancia. Hay una secuencia de imágenes que para mí es un secreto exorcismo de las sombras que nos mantuvieron despiertos cuando éramos niños; me refiero a la larga caminata por el cañaveral iluminado por la luna que emprenden Betsy Connell (interpretada por Frances Dee) y Jessica Rand (Christine Gordon) en la película Caminé con un zombi, dirigida por Jacques Tourneur.
Connell es una joven enfermera que viaja a la isla de San Sebastián para cuidar de Rand, cuya vida se reduce a un largo episodio de sonambulismo, tal vez provocado por fiebres tropicales. En ese sitio recóndito, conocido por sus leyendas y cultos vudú, donde "los nativos lloran cuando nace un bebé y celebran cuando hay un funeral", llevada por una convicción incomprensible que contradice su educación científica, Connell decide que una forma eficaz de devolverle la consciencia a su paciente es someterla a una curación mágica. Por ello, sale de la plantación de la familia Rand para llevar a Jessica al sitio donde los nativos practican elaborados rituales con espadas, agujas, muñecos y aves de corral.
La forma de filmar el viaje de Connell y Rand, que en la película dura varios minutos, es una demostración de cómo provocar temor: no se derrama una gota de sangre, la cámara se mueve a la altura de las rodillas de las dos mujeres en un tráveling que avanza sigiloso entre las matas de caña derribadas o torcidas, bajo una luz que no parece artificial o que, si lo es, es la luz de artificio más inquietante -y extrañamente hermosa- que haya visto. Nadie habla, y creo que ese silencio impuesto por la misteriosa condición de Jessica Rand, a quien ya los aborígenes consideran una zombi, es la clave del temor que nos invade sutilmente mientras las contemplamos vagar en la oscuridad en busca de un lejano refugio de chamanes.
El cine de terror, al que pertenece este filme de 1943, ha buscado desde siempre curar a alguien –a sus creadores, quizá al público- de sus miedos, no acentuarlos. Mucho de lo que vemos en una cinta terrorífica es lo que se ha dado en llamar experiencia vicaria, porque somos testigos de lo ominoso a través de los personajes cuyos hechos y milagros conocemos en hora y media de metraje. Sospecho que esa caminata nocturna por cañaverales poblados sólo por el ruido de cigarras, mientras nos posee la expectación de la magia y el horror primigenio, es un ejemplo de esa atracción por las tinieblas que marca la adolescencia, que en algunos dura demasiado.

domingo, 12 de octubre de 2008

Tres por uno: tres

Ahora mimalapalabra equivale a tres. Porque además de este blog, creado en noviembre de 2006, según recuerdo, a Carlos se le ocurrió la magnífica idea de crear dos blogs hermanos: mimalapalabra-revista, donde podrán encontrar archivadas las publicaciones de mimalapalabra en diario La Prensa desde junio de 2007 hasta su último número, el 50, que data del 27 de julio de 2008, y mimalapalabra-biblioteca, que reunirá los libros que Carlos vaya encontrando y hurtando en la red para beneficio público, aunque esto sea un poco peligroso. De cualquier manera, el autor de estos blogs se lo toma con buen humor y nos pone, a manera de prólogo, lo siguiente:

  • Justificación
Como ciudadano común y corriente del tercer mundo (entiéndase asalariado) carezco de escáner, apenas poseo una Compac de escritorio (y de segunda) comprada a un amigo. Los textos aquí incluidos los he pescado en la red y por lo tanto ya son de dominio público.
  • Tenemos el permiso de Bolaño
Marcela Soto: ¿No le importa perder los derechos de autor?
Bolaño: En lo más mínimo. Además, no pierdo los derechos de autor; el que pierde es el librero.
  • Realidad tercermundista
Para un estudiante de literatura (de Honduras y de la Unah-vs) es difícil obtener muchos de los textos sugeridos por los profesores:
1) La biblioteca universitaria no pasó más allá de libros de la década del ochenta.
2) Es posible encontrar la ficha bibliográfica de algún texto, pero lo más seguro es que ha desaparecido de los estantes de la biblioteca.
3) Las librerías nacionales prefieren vender (no esperamos otra cosa) libros de autores que "todos" consumen. Eso motiva la creación de este blog.
  • Roberto Bolaño: ladrón de libros
“Los libros que más recuerdo son los que robé en México DF, entre los dieciséis y los diecinueve años. (...) El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louÿs, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída de Camus, un libro difícil de sustraer y que no supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi americana de estudiante cimarrero, y que al final, saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe”.

Vila-Matas, espía de blogs

“Ahora parece que sea anómalo que me rodee por Internet y lea blogs. Pero yo creo que, conociéndome, es algo normal que suceda. Que a los solemnes escritores españoles famosos se les caigan los anillos por leer blogs no significa que yo no lo haga, no significa que no pueda bajar a la arena de internet y perder anillos que, a fin de cuentas, recupero pronto. Leo blogs literarios como leo periódicos y libros. No le cierro puertas a ninguna lectura ni información. Y sí, me divierte y me instruye y me interesa ver qué se dice y qué se mueve en ciertos blogs que considero honestos e interesantes, y no conducidos por el tontolaba de turno. Pondré ejemplos de blogs muy diversos pero todos francamente estimulantes"...

Y para los que no partimos jamás, para llegar más fácilmente, el aumentado listado de blogs en la web de Enrique Vila-Matas.
  • Y desde aquí (no podía ser desde otro sitio) agradecemos, alzamos nuestras copas y decimos: ¡Salud!

sábado, 11 de octubre de 2008

Piglia: tienes un e-mail

Ricardo Piglia en un café de París. Fotografía tomada de El País.

El vuelo de un e-mail espectral

Por Ignacio Bajter
En el otoño de 2006 Ricardo Piglia viajó a Chile para recibir el Premio Iberoamericano José Donoso concedido por la Universidad de Talca. Ese episodio dio ocasión a un cuestionario respondido con fidelidad a la práctica crítica de la “forma breve”. Sobre el galardón académico dijo, como un pibe artliano que ha dormido todas sus noches en una pensión porteña: “Estoy muy contento de haber recibido un premio que también recibió el gran José Emilio Pacheco.” En Talca había presentado la clase magistral “El arte de narrar”. Un escritor en un aula universitaria: “Bueno, a narrar no se aprende en la Universidad. Todos somos narradores, nos pasamos la vida contando historias (luego algunos las escriben). La Universidad es también, desde luego, un lugar donde circulan los relatos.” A pesar de la devolución inmediata, el archivo electrónico que contenía las respuestas estuvo suspendido en el ciberespacio entre los meses de mayo y noviembre de ese año: su nombre había sido extrañamente abducido por el azaroso servidor de correo local. La reedición de La invasión permitió dar luz a textos archivados y, con menor distancia que algunos de sus primeros cuentos, recuperar la voz inédita de Piglia con un mecanismo mucho menos imaginativo que su “Homenaje a Roberto Arlt”. Brecha publicó el 10 de agosto de 2007 parte de esta entrevista exprés.
Clases de literatura: Enseño en Princeton desde 1987. El lugar está lleno de nombres y presencias fantasmales (Fitzgerald y Faulkner anduvieron por aquí). Pero siempre he preferido los fantasmas que circulan por la ciudad de Buenos Aires (Macedonio y Arlt en primer lugar).
Encuentro con Nicanor Parra: Pasamos un día charlando y tomando vino. Me hace acordar a esos grandes boxeadores de peso liviano (como Cirilo Gil o Nicolino Locche) rápidos, ágiles, que se mueven como si bailaran. Parra, el poeta como boxeador.
Sobre Roberto Bolaño: Nos vimos varias veces, me gusta mucho su ironía y la ironía es una condición de la amistad. El chiste como contraseña entre amigos. (…) ha dejado una gran obra y eso es todo lo que tenemos que pedirle a un escritor. Sus libros nos hacen leer de otro modo la literatura. Habría que decir, los libros de Bolaño cambiaron el modo de leer nuestra literatura. No es el único que ha hecho eso (Saer es uno, Puig es otro), pero sólo los que inventan algo nuevo pueden producir ese cambio.
Las historias secretas: La verdadera historia de cada uno de nosotros está escrita en las fichas policiales. El registro policial de nuestros actos es algo de lo que verdaderamente podemos enorgullecernos: los archivos del Estado como la verdadera historia particular (o la verdadera historia de los particulares).
El cruce de invención y crítica: Siempre he visto la combinación de voz poética y voz crítica como una marca de la literatura de vanguardia. Los escritores a los que más admiro (como Brecht o Pound o Borges) han hecho eso. Aspiro a esa conjunción, pero nunca la he logrado.
Blanco nocturno, una novela en borrador: Paso muchos años con una novela, eso no quiere decir que esté todo el tiempo escribiéndola. Termino una versión y la dejo por un tiempo (a veces años enteros) y después la retomo y sigo y vuelvo a dejarla. Me gustan las novelas que cuentan muchas historias y esas tramas (al menos en mi caso) necesitan tiempo.
El dracma: Esa moneda griega tiene una historia, aparece en un barco hundido uno de mis primeros cuentos (“En noviembre”, recogido en la reedición de La invasión) y luego en un bar de la calle Corrientes, en un relato posterior. Me gustaría que la moneda volviera a aparecer en algún otro relato y también me gustaría contar toda su historia, desde el principio, desde que fue acuñada y empezó a circular. ¿Por cuántas manos pasa una moneda a lo largo del tiempo? ¿Y cómo viaja de un lado al otro? Me gustaría seguir esa historia.
El diario personal: Salvo ese Diario y algunas notas que tomo de vez en cuando, nunca escribo a mano. Me gustaría escribir a mano solamente el Diario. Habría que decir, sólo sabía escribir a mano en su Diario.
Los rostros de los escritores y la ficción: A veces la cara no corresponde. Por ejemplo, a la prosa de Hemingway le corresponde la cara de Beckett mientras que la cara de Hemingway le vendría bien a la prosa de Jorge Amado. El que tiene una cara a la altura de lo que escribe es Roberto Arlt. Pero la cara de escritor que más me gusta es la de Clarice Lispector (y también la de Katherine Porter cuando era joven, con el pelo atado). Bellísima, Isak Dinesen de vieja.
Santa María: Recuerdo de memoria el comienzo de muchos textos de Onetti y a veces se me aparecen de pronto en cualquier lado (como si fueran poemas). Por ejemplo el comienzo de “La novia robada”: “En Santa María nada pasaba, era en otoño, apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, lentamente apagado…”
El detective en una librería: Hace unos días, en una librería de usados acá en Princeton, encontré una edición de Star Maker de Olaf Stapledon y me acordé que leí por primera vez ese libro en La Plata, cuando era estudiante; había encontrado la edición de Minotauro en una mesa de saldos de la vieja librería Palumbo en la calle 6. Las librerías de viejo son el verdadero lugar donde persiste la literatura más allá de las novedades y las modas. Y lo notable es que, en cualquier ciudad, hay siempre abierta una librería de usados en la que uno puede pasarse las horas con la ilusión de encontrar lo que busca (aunque no sepa lo que es).
La versión cinematográfica de Plata quemada: Un novelista es el peor espectador de una película basada en un libro propio. Trabajé varios años como guionista, así que me di cuenta rápidamente que el cine está interesado en la narración, pero nunca en el lenguaje en que un libro está narrado. Y por supuesto una novela no es otra cosa que el modo en que está escrita.
En 1998 decía que “la muerte de la literatura sería algo a lo cual esta sociedad aspira”: No me acordaba. Me parece que en estos años las cosas no han hecho más que empeorar. Hay cada vez más periodismo sobre literatura y menos literatura.
Libros, reseñas, cultura de masas: Ojalá los suplementos culturales fueran tan buenos (al menos tan precisos) como los suplementos deportivos. Los que escriben sobre fútbol escriben para gente que entiende de lo que se está hablando. No se ven obligados a explicar cada vez que un equipo tiene once jugadores o que Pelé era brasileño. En cambio los suplementos culturales tienden a explicar todo de nuevo cada vez como si empezaran siempre de cero.
Narrativa y ciberespacio: Me interesan mucho esas nuevas posibilidades técnicas. Se han escrito ya algunas novelas que tienen eso como tema (por ejemplo las de William Gibson), pero no se ha escrito nada que yo conozca usando las posibilidades técnicas de un lenguaje que se manifiesta sin mediación (al menos sin la mediación del papel o de la imprenta). Habrá que esperar un nuevo Joyce.

jueves, 9 de octubre de 2008

Primeras palabras de J. Marías

"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola..."
Corazón tan blanco
Javier Marías

Jean-Marie Le Clézio, Nobel de Literatura

Jean-Marie Le Clézio, fotografiado por Daniel Mordzinski

Nadie se lo esperaba, según dice la prensa internacional. Yo, de hecho, pocas veces había oído hablar de él, pero ya sabemos que el mundo es ancho (y casi siempre ajeno) y que la satisfacción de enterarse de que la última concesión del Nobel corresponde a un escritor que ya hemos leído quizá sólo nos llegue más adelante, cuando estemos viejos, cuando un nombre como el de Jean-Marie Le Clézio no nos suene extraño. Reproduzco la noticia de diario El País (enlace aquí)

ELPAÍS.com - París / Estocolmo / Madrid - 09/10/2008
"Novelista de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante", así califica la Academia Sueca la obra del nuevo premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Le Clézio (Niza, 1940). En 45 años de oficio, Le Clézio, un gran viajero fascinado por los mundos primarios, ha escrito una cincuentena de libros cargados de una gran humanidad, señalan los medios franceses. "Como todos los premios literarios, [el Nobel] significa ganar tiempo, resurgir, tener más ganas de escribir", ha declarado en la radio France Inter Le Clézio antes de saberse premiado.
El autor considera que el galardón es "una respuesta" y señala que "escribe para ser leído y ser respondido". Le Clézio sonríe cuando se le insinúa que este premio le inscribirá con mayor presencia en la historia de la Literatura: "Todo eso es relativo, no hagamos de esto algo demasiado grande". En cuanto a su hipotético discurso de aceptación del premio, Le Clézio asegura que le gustaría que versara sobre las dificultades que tienen los jóvenes para que les publiquen, o las que tiene un autor que escribe en lengua criolla para traducir su pensamiento al francés y encontrar un editor fuera de su isla. "Por qué todo es tan difícil cuando uno vive lejos de un país grande, de un país con dinero", se preguntaba el Nobel minutos antes de saber que iba a ser premiado.
"Esta bien escribir novelas, porque cambias de personalidad, te conviertes en otra persona. Es delicioso cambiar de personalidad totalmente; meterse en la piel de alguien de otra época, de otro sexo e identificarse completamente con esa persona", añade el escritor al hilo de su nueva novela Ritournelle de la faim, (El estribillo del hambre) que se publica estos días en Francia.
Carrera fulgurante
El flamante Nobel recibió mucha atención con su primera novela Le procès verbal, (El atestado, 1964). Por ella, con tan sólo 23 años, recibió el prestigioso premio Renaudot, una obra que definía su literatura existencialista, próxima a Georges Perec y Michel Butor, admirativa de Michel Foucault y Gilles Deleuze. Le Clézio se conjuró para intentar elevar las palabras "por encima del degenerado estado del discurso cotidiano" y restaurar el poder de éstas para invocar una realidad esencial, señala la Academia Sueca. Su novela de debut fue la primera de una serie de descripciones de los tiempos crisis, que se incluyen en la colección de relatos La fiebre (1965) y El diluvio (1966), en las que señala los conflictos y el miedo reinantes en las principales ciudades occidentales. Incluso en esta primera etapa, Le Clézio destacó como un autor comprometido con la ecología, una orientación que se acentuó con obras como Terra amata (1967) y El libro de las huídas (1969).
Espaldarazo definitivo
En 1980 recibe un nuevo espaldarazo al recibir el premio de la Academia Francesa por Désert (Desierto), un evocador relato del contraste entre la grandiosidad de las culturas perdidas del norte de África y la mirada de los inmigrantes indeseados en Europa. La proximidad con el norte de África le viene de su esposa Jemia, de origen marroquí, con la que contrajo matrimonio en 1975. A partir de ese momento, Le Clézio comienza a centrar su obra en el universo amerindio, una cultura en la que profundiza a partir de la traducción de obras como Las profecías de Chilam Balam o El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido. La temática de sus obras cambia, se centra en viajes y en mundos desconocidos y comienza a tener un gran éxito de ventas. En 1994 una encuesta le señala como el mejor escritor francés vivo.
Hoy Le Clézio se ha mostrado "feliz y emocionado". Su nombre no estaba en las quinielas de los favoritos. Al nuevo Nobel de Literatura el premio le ha sorprendido en la capital francesa en una escala entre Corea del Sur y Canadá, cansado por la diferencia horaria y fiel a su fama de viajero incansable. "Estaba leyendo cuando me lo han dicho, no me lo esperaba. Pero es una suerte, porque todo premio literario te da tiempo y supone un apoyo".
Le Clézio ha asegurado sentirse francés, pero ha precisado que su patria está en Islas Mauricio, la ex colonia gala de donde procede su familia y cuya nacionalidad comparte con la francesa. Con él, son ya 14 los escritores de nacionalidad francesa que obtienen el más alto galardón de las Letras. A sus 68 años, el escritor recibirá un cheque de 10 millones de coronas suecas (1,02 millones de euros), el 10 de diciembre en Estocolmo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Las tinieblas de Kurtz

Marlon Brando en Apocalypse Now
Por Giovanni Rodríguez
¿Habrá combinación más poderosa en el cine que la que forman Joseph Conrad, Francis Ford Coppola y Marlon Brando en Apocalypse Now, la película dirigida por el segundo en 1979, basada en la novela El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness) del primero y con el tercero interpretando el papel de Kurtz, ese idealista loco que se quedó en la selva decapitando indígenas? ¿Y si a esto le sumamos la música de The Doors como banda sonora?
Fue en 2001 cuando por primera vez vi esta película, en el céntrico cine Tropicana de San Pedro Sula, el único que se permitía ofrecernos de vez en cuando algo de cine independiente o que no tuviera necesariamente la marca “Made in Hollywood”, hoy demolido para construir seguramente otra pizzería o hamburguesería de las que abundan dos calles más abajo. Coppola había presentado hacía poco en Cannes –el mismo festival en donde en 1979 ganó la Palma de Oro- su, por fin, versión ideal del film, a la que bautizó Apocalypse Now Redux.
Once lempiras era el valor de la entrada esa vez al cine, dinero con el que ahora ni siquiera podríamos entrar a una sala en los días de dos por uno. Iba con un amigo y nos ubicamos en una de las filas del medio hacia atrás, para tener una mejor visión de la pantalla. Seis o siete extraños individuos (cinco era el número mínimo de demandantes para que los estrictos empleados del cine decidieran echar a andar la cinta), o quizá tan sólo equivocados con su presencia ahí, a esa hora de la noche, para ver esa película, se percibían dispersos en toda la sala, que tenía aforo para unas cuatrocientas personas. Era martes y era la única función de Apocalypse Now ese día, a las once de la noche, la última hora de la jornada. Era la antepenúltima de las siete funciones que tendríamos oportunidad de ver antes del viernes, cuando, según nuestras predicciones, la suprimieran de la cartelera, como en efecto sucedió.
Lo primero: el sonido. Después: las imágenes. El resto: la combinación de ambos, y las palabras, y el horror, el horror. Simplemente genial. Las notas de “The End” funcionan como un aperitivo idóneo, le abren a uno la boca del estómago; y las imágenes del ventilador de techo en la habitación en la que el capitán Willard espera en Saigón, uniéndose a las de los helicópteros bombardeando la selva con napalm, constituyen quizá uno de los mejores inicios del cine de toda la historia.
De esa primera vez recuerdo también la imagen de Kurtz entre las sombras, pasándose repetidamente las manos por la cabeza rapada y diciendo aquello de que las palabras no pueden describir lo que es necesario para quienes no saben lo que significa el horror: “El horror tiene una cara... y uno debe hacerse amigo del horror”. Y recuerdo también las cabezas de los nativos incrustadas en estacas, y el sonido de las explosiones con la voz de Jim Morrison de fondo, y el fuego en la selva, y el horror, otra vez el horror…
Después supe por qué Marlon Brando aparece poco, apenas en las partes finales, a pesar de que su nombre se repita muchas veces desde el principio de la historia, tal como sucede en la novela. Luego de recibir un adelanto, se había negado a viajar a Filipinas, en donde se rodaba la película, y cuando Coppola lo convenció, se presentó con exceso de peso y la cabeza rasurada; por eso sus escenas siempre son entre las sombras; él es el corazón de esas tinieblas, y las tinieblas son el sitio desde el que soñaba la horrible pesadilla de que era un caracol deslizándose por el filo de una navaja, y sobrevivía.

martes, 7 de octubre de 2008

El monje y la campana

Fotograma de la película Andrei Rublev, de Tarkovski

Por Dennis Arita

Un monje cuya vocación es pintar iconos para exaltar la fe cristiana vaga por la violenta Rusia medieval en busca de temas para sus cuadros y en el trayecto intuye que Dios ha abandonado a sus criaturas: es testigo de saqueos, profanaciones, desolación y muerte. Un muchacho sin experiencia ni vocación se hace pasar por un curtido forjador y recibe del emperador el encargo de fundir la inmensa campana de la iglesia que será el emblema de su imperio.
Estas dos historias -la del monje que viaja hacia la incredulidad y la del mozalbete que cree demasiado en sí mismo- forman la médula argumental de una película de 1966, Andrei Rublev, dirigida por el ruso Andrei Tarkovski.
Es sabido que dos elementos suelen distinguir a una obra cinematográfica: el interés que provoca el relato que nos cuenta y el poder de sus imágenes. El relato en Andrei Rublev no deja de ser interesante aunque Tarkovski, que también escribió el guión, se deja llevar por su conocida tendencia a la disgregación onírica y nos cuenta una historia que se parte en largos episodios, de brillante técnica y magnífica puesta en escena. De hecho, cada sección tiene su propio título, "El juglar", "Teófanes el griego", "La fiesta", "El juicio final", "El asedio", "La caridad", "La campana", como para mostrar o justificar la naturaleza episódica del filme.
Otra cosa son las imágenes. Filmada en un blanco y negro que sólo cede su lugar a los colores al final de la película, cuando la cámara de Tarkovski recorre amorosamente los iconos de Rublev, cada sombra y cada destello es importante y hermoso. Dos secuencias me vienen a la mente de inmediato. Aquella en que la cámara registra el movimiento de las ramas y de la maleza mecidas por la tormenta cuando Rublev se encuentra con otro monje en una encrucijada y otra en que contemplamos las antorchas clavadas en canoas, cuyo fuego se refleja y tiembla en las negras aguas de un río. Y aún otra: la bandada de gansos que vuela sobre los vestigios de una ciudad en llamas, saqueada por hordas de mongoles.
En Andrei Rublev, sin embargo, lo más importante es la fe. Ignoro si Tarkovski fue creyente o no y tal vez eso interese menos que el poderío de sus imágenes. En el desenlace del filme, el muchacho inexperto que se ha arriesgado a ser ejecutado si no satisface las exigencias del emperador se echa a llorar en brazos del monje Rublev cuando de su campana salen sonidos dulces y puros que cautivan al pueblo y a la comitiva imperial.
Nada más poderosamente religioso que este encuentro: el del hombre que salió al mundo en busca de la fe y el muchacho que viajó hacia sí mismo para encontrarla.

Dietario voluble, de E. V-M.

Probablemente este libro sólo será disfrutado por los lectores devotos de Enrique Vila-Matas, los que, después de haber leído la totalidad o la casi totalidad de su obra, leemos cualquier cosa que venga de su pluma sin el mínimo temor de acabar, luego, defraudados. Porque quien no haya leído a Vila-Matas, o lo haya leído poco, o lo haya leído mal, será incapaz, en este libro, de asumir la complicidad de sus guiños, de reconocer las formas de su ironía, de asimilar su sentido del humor. Aunque, ahora que lo pienso, probablemente no sea necesario ser devoto ni nada para disfrutar este libro. Probablemente para un lector primerizo de Vila-Matas, Dietario voluble sea el libro idóneo para empezar a descubrir al autor. Probablemente lo que dije al principio responda sólo a una falsa percepción de mi parte. En fin, lo más seguro es que quién sabe.
Pienso en Anagrama, la editorial que publica Dietario voluble, y creo que este libro es, definitivamente, un tipo de libro que sólo se le puede publicar a los escritores que, como E. V-M., ya no le temen a nada, o por lo menos a esa gran nada llamada “los lectores” y que, después de haber dado a conocer una obra que los ha consolidado como escritores de primera línea, un editor ya no tiene que preocuparse ni por la clase de libro que es ni por la recepción que vaya a tener en el público lector.
Este libro con apariencia de diario no es en realidad un diario, y ni siquiera un diario ficticio; o quizá sí lo es, pero es también mucho más que eso. ¿Me siguen? Creo que Dietario voluble bien podría considerarse también una novela, una ficción más desprendida del temperamento lúdico de Vila-Matas, de un Vila-Matas que en esta ocasión se finge diarista.
Puedo creer, sí, que su base sean algunos apuntes que ha venido haciendo en alguna libreta desde 2005 y que ha ido publicando en la edición dominical de diario El País, pero eso sólo funciona como el pie de toda la obra. De hecho, el libro está dividido en cuatro apartados: 2005, 2006, 2007 y 2008, y en cada uno de ellos hay entradas desiguales (me refiero a los temas, que son variadísimos) correspondientes a meses, pero sólo los lectores ingenuos, o quizá voluntariamente ingenuos, que es la mejor postura que se puede adoptar como lector al fin y al cabo, podrán tragarse la simpática mentira de que es su diario personal. Lo mejor, en todo caso, es asumir la ingenuidad lectora y devolverle a Vila-Matas el balón en esta jugada, aún estando al tanto de su magnífica impostura.
Unas cuantas citas solamente para, vilamatianamente, terminar de comentar este Dietario, esta novela en forma de diario: “Busco el recogimiento, porque suele ser más interesante la literatura que la vida. No sé si es paradójico, pero me gusta muchísimo la vida porque, digan lo que digan, se parece a una gran novela”.
La vida como una gran novela. Eso es lo que hace Vila-Matas con su vida: observarla –y anotarla- (narrarla) como si de la trama de una novela se tratara.
Después lo que nos dice Piglia (a través de Vila-Matas, of course): “En realidad todos nos contamos la historia de nuestra propia vida con la ilusión de seguir siendo nosotros mismos: vivimos con la idea de que no podemos conocernos, pero sí narrarnos”.
Entonces vuelve Vila-Matas: “Me presenté en el Belvedere sin saber que no puedo llegar nunca a conocerme, pero que –como acababa de decir Piglia en la rueda de prensa- sí puedo narrarme”.
En estas tres citas podemos encontrar mucho de lo que constituye la poética vilamatiana, que no es otra, como él mismo lo dice, que la de narrar su propia vida, a veces real, a veces ficticia, y convertirse de esa manera en el personaje de la gran novela de su día a día.
Pero el diarista Vila-Matas no acaba en este libro. Seguramente sigue tomando notas aquí y allá, siguiéndole los pasos a Robert Walser o a algún otro, perdiendo países como Pessoa, extendiendo el territorio real o ficticio de la gran novela de su vida. Hay que seguirlo de cerca. No separarse nunca de su sombra. Acompañarlo es una gran aventura.